miércoles, 23 de noviembre de 2016

Europa Soberana: Esparta y su ley (IV de V)

Europa Soberana: Esparta y su ley (IV de V)








viernes, 3 de mayo de 2013



Esparta y su ley (IV de V)



0- ÍNDICE 

  
15- LA BATALLA DE LAS TERMÓPILAS COMO EJEMPLO DE HEROÍSMO
16- HISTORIA POSTERIOR DE ESPARTA
17- EL CREPÚSCULO DE ESPARTA 
18- LA LECCIÓN DE ESPARTA 
19- LA PERVIVENCIA DEL ARQUETIPO ESPARTIATA


15- LA BATALLA DE LAS TERMÓPILAS COMO EJEMPLO DE HEROÍSMO
Nuestro orgullo es el que nos hace cumplir con nuestro deber.
 (F. W. Nietzsche).
Una
lucha desesperada permanece para siempre como un resplandeciente
ejemplo. ¡Recordemos a Leónidas y a sus trescientos espartanos!
 (Adolf Hitler, 1945).
Se
trata de una de las batallas más famosas de la historia, decidió el
futuro de Europa y en ella los espartiatas demostraron al mundo su
inmensa calidad. La batalla de
las Termópilas vino enmarcada dentro del contexto de las guerras
médicas, cuyo catalizador fue la ampliación de la presencia griega en
Asia Menor con la extensión de las colonias helénicas hacia el Este.
Durante la Primera Guerra Médica, el emperador Darío de Persia fue
derrotado en la famosa batalla de Maratón (490 AEC) tras la cual Esparta
y Atenas firmaron un pacto militar orientado a la defensa de Grecia
contra los persas en un futuro cercano. Darío fue sucedido a su muerte
en 485 AEC por Jerjes, cuyas ambiciones eran mayores, ya que pensaba en
adueñarse de grandes extensiones de Europa.
 
Situémonos. Persia
era un vasto dominio regido por una aristocracia irania, los
descendientes de los medos, que junto con los persas antes que ellos y
los partos después, monopolizaron, durante su existencia, el dominio del
imperio —el mayor del mundo—, que abarcaba desde Turquía hasta
Afganistán. Persia era un estado unido y centralizado, contaba con
vastas multitudes, ejércitos masivos y especializados, e interminables
extensiones de tierra. Su existencia ya de por sí era una gesta digna de
quienes la hicieron posible.  Aunque la herencia de este imperio era
netamente indoeuropea, se había convertido en un abismo del mestizaje,
ya que ejercía su dominio sobre una amplia variedad de pueblos
no-indoeuropeos, incluyendo judíos y descendientes de las antiguas
civilizaciones mesopotámicas. En lo que hoy es Túnez, los púnicos de
Cartago, aliados con Persia, estaban listos para caer sobre los dominios
griegos en Italia y en Sicilia. Europa se enfrentaba a hordas
extranjeras, a una intromisión geopolítica ajena y a una avalancha de
sangre oriental de magnitudes no vistas desde el Neolítico.
Grecia,
por el otro lado, aparte de ser infinitamente más pequeña, ni siquiera
era un Estado, sino que abarcaba un balcanizado conjunto de
ciudades-estado o polis que a menudo guerreaban entre sí. No había
voluntad de imperio —eso llegaría con los macedonios. La herencia étnica
era, en su conjunto, más indoeuropea en Grecia que en Persia, y la
firme personalidad política de las polis helénicas hacía que Grecia
fuera el único obstáculo de peso en la conquista de los Balcanes y la
cuenca del Danubio por parte de Persia.
En
el año 481 AEC, antes de invadir Grecia, Persia mandó a Esparta a dos
embajadores para ofrecer la posibilidad de rendición. El rey Leónidas
directamente los hizo tirar a un pozo. Este acto impulsivo, poco
"diplomático" y muy condenable, tiene una explicación: Leónidas no había
sido educado como príncipe espartano porque en un principio no le
correspondía el trono. Había un rey, pero tuvo mala salud y no
sobrevivió, por lo que su sucesión cayó sobre el siguiente de la línea,
que ya había sido educado como príncipe en previsión ante los problemas
de salud del anterior. Éste, empero, cayó en una batalla, y de repente
Leónidas se encontró en el trono de Esparta, habiendo sido educado como
un niño espartano corriente, sin la finura diplomática impartida en la
educación principesca. Leónidas era un soldado. Contundente, sencillo y
sin rodeos.
Es
patente, en todo caso, que el Eforado no consideró justo el asesinato de
los embajadores, puesto que mandó a dos voluntarios espartanos para ir a
Persia, presentarse ante Jerjes y ofrecerse como sacrificio para
"expiar" la injusticia que Leónidas cometió contra los embajadores
persas. Jerjes rechazó la oferta y los dejó marchar. No quería cometer
un error similar, ni ensuciarse las manos de sangre, ni ser considerado
culpable de deshonra. Los atenienses fueron más sensatos: cuando
llegaron los embajadores persas con sus ofertas, las declinaron sin más.
Ese
mismo año, Jerjes envió emisarios a todas las ciudades griegas salvo
Esparta y Atenas, para obtener su sumisión. Muchas, aterrorizadas ante
su poderío, se sometieron, mientras que otras, prudentemente, se
declararon neutrales, aunque sus simpatías estaban con Grecia. Esparta y
Atenas, viendo que se perfilaba una alianza anti-helénica, hicieron un
llamamiento a las demás polis para formar una alianza contra Persia.
Pocas respondieron. Persia era la nueva superpotencia, la nueva
estrella. Su avance arrollador era un hecho y su triunfo definitivo casi
se daba por sentado.
Persia
comenzó a embarcar su ejército, el mayor del mundo, y lo trasladó a
Europa con el fin de conquistar Grecia. Según Heródoto, el ejército
persa se componía de 2 millones de hombres. En la actualidad, algunos
han reducido esta cifra incluso a 250.000 ó 175.000 hombres (incluyendo
80.000 de caballería), pero sigue tratándose de un ejército masivo y
aplastante, con una entidad numérica brutal, especialmente si la
comparamos con la minúscula fuerza griega. A medida que avanzaba la
marea persa, todos los pueblos por los que pasaba se sometían sin
luchar.
Los
aliados helénicos se reunieron entonces en Corinto. Enviados de
Esparta, Atenas, Corinto, Tebas, Platea, Tespias, Focis, Tesalia, Egina y
otras, parlamentaron sobre la estrategia a seguir. Se formó la Liga del
Peloponeso, confirmando la alianza helénica para
resistir osadamente a Persia. Todas las polis del Peloponeso (excluyendo
a Argos, tradicional y obstinada enemiga de Esparta) se unieron a la
alianza. La liga fue puesta al mando de Esparta y Leónidas fue hecho
general en jefe de las tropas de la liga.
Las
ligas fueron algo recurrente en Grecia, y expresaban las tendencias más
"federalistas", que buscaban de algún modo la unificación y conseguir
una nación propiamente panhelénica. Algunas ligas se creaban sólo para
hacer frente a un enemigo común, disolviéndose después, y otras ligas
perduraban por más tiempo, ya que perseguían fines políticos y
comerciales a largo plazo. La Liga del Peloponeso fue una de estas
efímeras "ligas de emergencia".
Se
formó un ejército de 10.000 griegos peloponesios, puestos bajo el mando
del general espartano Eveneto. Ya que habían acordado defender el paso
del Tempe, allí se apostaron, en las laderas del monte Olimpo, en el
Nordeste de Grecia. Sin embargo, el rey Alejandro I de Macedonia, que
tenía buenas relaciones con Persia pero sentía simpatía por los helenos y
especialmente por Esparta, advirtió a los mandos espartanos del
ejército peloponesio de que la posición era demasiado vulnerable por la
presencia de varios caminos, y así decidieron abandonarla en favor de
algún otro puesto más defendible. En ese momento los tesalios, viéndose
ya perdidos, se sometieron a Persia.
El
lugar definitivo para la defensa de Grecia se estableció en el
desfiladero de las Termópilas, las "puertas calientes". Según la
leyenda, Heracles se había precipitado en sus aguas para apaciguar el
fuego interior que le atormentaba, convirtiendo las aguas del lugar en
térmicas. La zona era básicamente un angosto paso entre el empinado
monte Otea y el mar. En su parte más estrecha, el desfiladero tenía 15
metros de anchura. Esto significaba que, aunque los griegos fueran
numéricamente inferiores, al menos los combatientes se enfrentarían en
un embudo que igualaba la balanza, ya que sólo un número determinado de
guerreros de cada bando podrían luchar a la vez. Y aun así era
desesperado, puesto que los griegos no tardarían en cansarse, mientras
que los persas contarían siempre con oleadas de tropas frescas.
Según Heródoto, tras haber acudido al santuario de Delfos, los espartanos recibieron del oráculo la siguiente profecía:
¡Oh
vosotros, hombres que moráis en las calles de la extensa Lacedemonia! O
bien vuestra gloriosa ciudad será saqueada por los hijos de Perseo o,
en cambio, la tierra de Laconia llorará la muerte de un rey de la
estirpe de Heracles. Pues Jerjes, poderoso como Zeus, no será detenido
por el valor de los toros o de los leones. Proclamo, en fin, que no se
detendrá hasta haber alcanzado su presa: vuestro rey o vuestra ciudad,
devorándolos hasta los huesos.
O
moría un rey de Esparta, o caía Esparta misma. Pensemos en cómo debió
influir en Leónidas esta profecía. De repente, una pesada losa de
responsabilidad se había descargado sobre sus hombros. Esta monstruosa
fatalidad, que mataría del susto a la mayoría y haría sudar y temblar a
otros muchos, fue acogida por el rey con dignidad y sentido del deber
regios. La misión de cualquier espartiata era sacrificar la vida por su
patria si hacía falta. Era algo natural y alegre para ellos.
En
el verano de 480 AEC, las tropas peloponesias llegaron a las Termópilas y
levantaron allí su campamento. Había unos 80 hombres de Micenas, 200 de
Fliunte, 400 de Corinto, 400 de Tebas, 500 de Mantinea, 500 de Tegea,
700 de Tespias, 1.000 de Focia, 1.120 de Arcadia y todos los hombres de
que disponía Locria. Los atenienses estaban ausentes, pues habían puesto
sus hoplitas y su empeño en la flota naval, aunque era también ridícula
en comparación con la armada persa. Pero la banda que más ovaciones y
aplausos debió recibir, la formación cuya sola presencia infundió ánimo y
confianza a toda la concentración militar, fue el grupo de tan sólo 300
espartiatas que se presentó a la batalla. No acudieron más espartanos
porque su ciudad se hallaba celebrando unas fiestas religiosas, en las
que se prohibía la movilización del Ejército. Y para los espartanos, lo
primero y más importante era estar en paz con los dioses y no violar el
orden ritual de su existencia.
Así,
formaban juntos unos 7.000 griegos ―7.000 griegos contra 250.000 persas
(2 millones según Heródoto y 175.000 según otros historiadores
modernos). Imaginémonos la variedad de los colores de aquella
congregación, el brillo del bronce, el ambiente solemne, los comentarios
sobre las bandas extranjeras, los emblemas sobre los escudos, el típico
cotilleo de rivalidad militar, aquel sentimiento de unión, de respeto y
de destino común. El campamento entero debía estar rodeado de un aura
de virilidad y heroísmo. Estos griegos, en su mayoría, eran hoplitas y
estaban bien instruidos. Desde jóvenes se habían acostumbrado a manejar
las armas y a ejercitar su cuerpo. Sin embargo, el único ejército
"profesional" que había era el espartano, ya que en los demás lugares
los hoplitas vivían con sus familias, se entrenaban por su cuenta y sólo
eran llamados en caso de guerra, mientras que en Esparta estaban
permanentemente militarizados desde la infancia bajo la terrible
disciplina que les caracterizaba, y jamás dejaban de entrenarse.
Entre
los persas, no obstante, la situación era muy diferente. A pesar de
contar indudablemente con la ventaja numérica y material, la mayoría de
sus hombres eran jóvenes que habían sido reclutados a la fuerza y no
tenían apenas instrucción militar. Sin embargo, sí había unidades
altamente especializadas. A diferencia de los griegos, que,
condicionados por su terreno, se habían obstinado en perfeccionarse a
nivel de infantería, los persas contaban con una formidable caballería,
carros de combate y excelentes arqueros. En las inmensas llanuras,
mesetas y estepas asiáticas, dominar este tipo de formas de guerra
áltamente móvil era esencial. El imperio persa contaba también con "los
inmortales", una famosa unidad de élite compuesta de diez mil guerreros
selectos escogidos de entre las aristocracias persa y meda y que,
puestos a las órdenes del general Hidarnes, constituían la guardia real
de Jerjes. La oficialidad persa se componía asimismo de miembros de la
aristocracia.
Cuando
Jerjes llegó al paso, acampó sus tropas a la entrada, en Traquis.
Leónidas, tan pronto llegó a las Termópilas, mandó reconstruir el
antiguo muro focense de 2 metros en la parte más estrecha del paso, y
acantonar las tropas detrás de él. Habiendo sido informado de que
existía un camino que rodeaba el desfiladero para dar al otro lado,
destacó a los 1.000 focenses para que lo defendieran.
Jerjes
—que no concebía que los griegos se obstinaran en luchar— mandó sobre
el terreno un emisario a parlamentar con Leónidas, animándole a entregar
las armas. La respuesta lacónica del soldado fue "Ven a cogerlas". Esa
misma noche, cuando un hoplita de Locria comentaba en tono derrotista
que la nube de flechas de los arqueros persas oscurecería el cielo y
convertiría al día en noche, Leónidas respondió: "entonces lucharemos a
la sombra".
A
la mañana siguiente, las tropas formaron. Los persas agruparon miles y
miles de medos y quisios (pueblos iranios) y los apostaron a la entrada
del paso. En un principio, sus órdenes eran capturar vivos a los
griegos, ya que el confiado emperador pensaba cargarlos de cadenas y
exhibirlos por Persia como trofeos, al estilo de los posteriores
triunfos romanos. Leónidas, por su parte, mandó formar a los griegos en
lo más estrecho del desfiladero, y ocupó su puesto real en el extremo
derecho de la falange. Decidió no mezclar los contingentes de los
distintos pueblos, ya que según su experiencia, los soldados preferían
morir al lado de camaradas conocidos, y les era más difícil huir del
combate si a quienes abandonaban a su suerte eran familiares y amigos de
toda la vida. Leónidas puso a sus espartanos al frente de la formación,
como punta de lanza. Serían los primeros en entablar combate.
Los persas avanzaron y entraron en el desfiladero amenazadoramente. Los espartiatas entonaron el pean con
solemnidad religiosa. Cuando los persas comenzaron a asaltar entre
avasallantes griteríos, la inexorable trituradora de carne de la falange
espartana se puso a funcionar en silencio. Los persas chocaron contra
la muralla de escudos con un estruendo ensordecedor, blandiendo sus
armas y ensartándose finalmente en las lanzas espartanas. Imaginémonos
el aspecto que debió presentar aquello. La sangre que debió correr, las
órdenes a grito pelado, los gritos de guerra y de dolor, los cortes y
apuñalamientos, las lanzas enrojecidas entrando y saliendo rítmicamente
como siniestras púes desde la coraza de escudos salpicados con sangre,
atacando con precisión los puntos débiles o poco protegidos de los
cuerpos enemigos, los choques y los golpes, las heridas terribles, los
cadáveres de los caídos, los espartiatas manteniendo la calma y el
silencio en medio de la confusión y el terrible estrépito del combate;
los persas 
—valientes pero inefectivos— inmolándose en una
gesta gloriosa. Los espartanos parecían estar en todo, y allá donde
estaban, inspiraban a los demás griegos a imitarles, haciéndoles ver que
la victoria era posible y alzándoles la moral. Con su conducta estaban
demostrando que su socialismo de unión y sacrificio era claramente
superior a cualquier otro sistema político, y que eran los mejor
preparados para afrontar la edad de hierro.
Jerjes
—a diferencia de Leónidas— no combatía. Sentado sobre su trono de oro,
situado en un puesto idóneo, observaba con horror lo que estaba
sucediendo: sus tropas estaban siendo masacradas catastróficamente. Los
persas tenían armaduras mucho más ligeras e inefectivas que las pesadas
corazas griegas, ya que el tipo de lucha persa estaba basada en la
movilidad, la rapidez, la fluidez y la flexibilidad de grandes
muchedumbres, mientras que la griega estaba basada en la resistencia
organizada, la precisión, la coordinación, la dureza del diamante y la
voluntad de aguantar juntos, como una sola roca compacta ante las
embestidas del oleaje marino. Además, las lanzas persas eran más cortas y
menos recias, y no podían alcanzar a los espartiatas con facilidad.
Cayeron por centenares, mientras que los espartiatas apenas tuvieron
bajas. Los mejores oficiales persas caían cuando, al ir al frente de sus
tropas para intentar inspirarlas, eran heridos por las armas helénicas.
Cuando Leónidas mandó relevar a los espartiatas, pasando otras unidades
a entrar en combate, la situación continuó: los persas caían
masacrados. Se dice que tres veces saltó Jerjes de su trono al ver lo
que estaba pasando, quizás como un entrenador de fútbol que ve cómo su
equipo es goleado. Leónidas se limitó a decir que "los persas tienen
muchos hombres, pero ningún guerrero".
El general Hidarnes mandó
retirar el contingente de quisios y medos, descubriendo un suelo de
cadáveres destrozados. Acto seguido, mandó entrar en combate a sus
inmortales, convencido de que lograrían cambiar el curso de la batalla.
Leónidas ordenó a sus espartiatas volver a situarse a la vanguardia. Los
inmortales avanzaron impasiblemente sobre los cadáveres de sus
compatriotas caídos y con gran valor embistieron furiosamente a la
falange. Los espartiatas sufrieron algunas bajas, pero su formación no
se deshizo. Por su parte, los inmortales eran atravesados por largas
lanzas y caían heridos y muertos por docenas. Muchos cayeron a las aguas
del golfo de Malis, donde bastantes, bien por no saber nadar, bien
hundidos por el peso de sus armas y armaduras, bien arrastrados por las
corrientes marinas, murieron ahogados.
Los
espartiatas pusieron en práctica sus tácticas más ensayadas y
complicadas de ejecutar, demostradoras de una perfecta instrucción que
sólo ellos poseían. Abrían brechas por donde penetraban enemigos
confiados, sólo para ser cerrados y masacrados por rápidas lanzas que
asomaban desde todos los sitios. Otras veces simulaban entrar en pánico y
retirarse en desbandada, tras lo cual los persas los perseguían
envalentonados y en desorden. Pero los espartiatas, haciendo gala de su
maestría en el orden cerrado, pronto se daban la vuelta, volvían a
formar rápidamente la falange ocupando cada uno su sitio en el último
instante y segaban terriblemente las filas persas, sembrando el suelo de
cadáveres y regándolo con su sangre. Así transcurrió un día entero.
Cuando llegó la noche, los combatientes se retiraron y tuvieron su
reposo. Daba mala suerte combatir de noche: era más difícil que los
muertos encontrasen su camino al más allá. Los griegos estaban exhaustos
pero con la moral alta. Los persas, en cambio, estaban más frescos,
pero con la moral por los suelos. Debieron preguntarse si ellos eran tan
malos o si eran los griegos los que eran muy buenos.
Al
siguiente amanecer se reanudó el combate. Jerjes mandó persas frescos
esperando que quizá hicieran mella en los extenuados defensores griegos.
Nada más lejos de la realidad: oleada tras oleada, los griegos
masacraban al enemigo de nuevo. El terror comenzó a cundir entre los
persas. Muchas veces intentaron escapar de los espartiatas, y sus
oficiales les fustigaban con látigos para obligarles a volver al
combate.
A
esas alturas, Jerjes debía estar maravillado y desesperado a la vez. Su
flota no había conseguido derrotar a la griega en el cabo Artemisión, y
tampoco podía flanquear las Termópilas por mar. Entonces sucedió la
traición, maldición de héroes. Un pastor lugareño llamado Efialtes pidió
hablar con Jerjes y —a cambio de una jugosa suma de dinero— le reveló
la existencia del camino que bordeaba el desfiladero, en un proceso
arquetípicamente similar al que se reprodujo muchos siglos después en la
fortaleza cátara de Montségur. El general Hidarnes, al mando de los
inmortales, se encargó de atravesar el camino, guiado por Efialtes.
Cuando divisó en la distancia a unos griegos preparándose para la lucha,
dudó un instante y preguntó a Efialtes si eran espartanos. Éste le dijo
que eran focenses, e Hidarnes prosiguió. Desde ese momento, la suerte
ya estaba echada: a partir de entonces, los griegos estaban condenados.
Iban a perder la batalla irremisiblemente.
Leónidas,
por su parte, recibió a unos mensajeros (probablemente tesalios
arrepentidos que luchaban bajo los persas) que le informaron de cómo
iban a ser cercados por el enemigo. Los griegos celebraron consejo
inmediatamente. Leónidas sabía ya que iba a perder la batalla. Mandó
retirarse a todos los griegos menos a sus espartiatas y a los tebanos.
Los tespios, liderados por Demófilo, se obstinaron en permanecer en la
lucha por voluntad propia, y así hicieron, cubriendo a su pequeño pueblo
de gloria. Cuando ya sólo quedaban espartiatas, tebanos y tespios
(1.400 hombres al principio, menos las bajas que habían sufrido a lo
largo de los combates), las tropas desayunaron. Durante ese desayuno,
Leónidas dijo a sus hombres: "Esta es nuestra última comida entre los
vivos. ¡Preparaos bien amigos, pues esta noche cenaremos en el Hades!"
Los
griegos formaron, esta vez todos juntos, la falange. Ante ellos, tenían
al vasto ejército enemigo, y a sus espaldas a los inmortales. En vez de
atacar a los inmortales para tal vez derrotarles y abrirse camino a la
retirada (que no serviría de nada porque abriría las puertas griegas a
los persas), Leónidas mandó atacar al grueso del ejército persa, en un
magnífico despliegue de heroísmo y valor, con el objetivo de mantener la
lucha durante el máximo tiempo posible y dar así tiempo a Grecia para
prepararse. Sabían que iban a morir en todo caso, de modo que eligieron
morir heroicamente, dando muestras de una grandeza inmensa. Los griegos
eran conscientes de que aquello no era ya una resistencia con esperanza,
sino una lucha de inmolación en la que el objetivo era lanzarse
apasionada y furiosamente a los brazos de la gloria, hacerle al enemigo
el mayor daño posible en el proceso y retrasar su estrategia de
invasión.
En
el medio del combate, y tras haber matado a innumerables persas, cayó
Leónidas. Entorno a su cadáver se produjo un tumulto infernal mientras
griegos y persas luchaban por su posesión. Varias veces cayó en manos
del enemigo y varias veces fue recuperado por los griegos. Al final el
cadáver fue asegurado por los espartanos que, peleando sin cesar, se
retiraron hasta el muro focense.
En
un momento dado, los tebanos quedaron separados del grueso de la falange
griega. Durante largos instantes lucharon con valor, pero al final,
extenuados, enloquecidos y viéndose perdidos, tiraron las armas y
extendieron las manos en gesto suplicante para rendirse a los persas.
Éstos, en pleno subidón de adrenalina, aun mataron a unos cuantos más.
El resto de tebanos fue capturado. Tras la batalla, los persas les
marcarían en la frente con hierro al rojo vivo y les venderían como
esclavos. ¿De qué les sirvió rendirse? ¿Qué consiguieron? ¿La vida? ¿Una
vida de esclavitud y humillación? ¿No hubiese sido mejor y más digna
una muerte en combate, peleando hasta el final?
Los
espartiatas y los tespios, por su parte, seguían luchando junto al muro
focense. Bajo la presión de las cargas y los golpes, el muro se
derrumbó, aplastando a guerreros de los dos ejércitos. La lucha
continuó, sorda y despiadada. Muchos cayeron agotados y no se volvieron a
levantar. Otros murieron atravesados por el metal enemigo. Cuando por
fin apareció el general Hidarnes al frente de los inmortales, los pocos
griegos que quedaban, prácticamente todos ellos espartanos, subieron a
una pequeña loma para poder defenderse más fácilmente. Se pusieron de
espaldas a una pared para no quedar completamente desprotegidos.
Quedaban ya menos de cien griegos contra, al menos, 100.000 persas
(algunos dicen que 150.000 y otros hablan de cifras bastante mayores).
Allí y entonces, cada griego se enfrentaba a más de mil persas.
En
esos momentos de resistencia final se vieron las muestras del heroísmo
más encendido de la Historia. La última lucha en la loma de las
Termópilas ha sido inspiración para innumerables obras de arte a lo
largo de siglos posteriores. Probablemente quedaban ya sólo espartanos.
Casi todos ellos estaban heridos y sangraban por varias heridas. Sus
lanzas estaban rotas y sus escudos destrozados, de modo que recurrieron a
la espada. Aquellos que quedaban desarmados tras romper o perder la
espada utilizaron rocas para golpear al enemigo, o bien se lanzaron
fanáticamente sobre él para matarlo con sus manos o sus dientes, a
puñetazo limpio, estrangulando, rompiendo, golpeando, crujiendo,
desgarrando y mordiendo con ferocidad sobrehumana, en un sanguinario y
encarnizado cuerpo a cuerpo. ¿Acaso no fueron esos hombres poseídos por
la mítica ira sagrada, la de los bersekers y los guerreros inspirados?
Bien se les hubiese podido preguntar: "¿Por qué lucháis, si perderéis?
Estáis destrozados, al borde de la muerte y más cerca del otro mundo que
de la Tierra. ¿Cómo podéis, pues, seguir luchando?" Pero ésas eran
reflexiones impropias de héroes. Aquello rebasaba con creces cualquier
cosa de este mundo. La razón había quedado pisoteada bajo los pies de la
voluntad helénica, que exprimió al máximo las fuerzas de aquellos
héroes. Era una furia que venía de lo alto. Era fanatismo ciego, era un
sentimiento invencible, visceral, rojo e instintivo. Era pelear hasta el
final.
Los
persas no conseguían reducir a aquellos valientes y, totalmente
desmoralizados, se retiraron. Entonces se adelantaron sus arqueros, y
soltaron sucesivas lluvias de flechas que terminaron de masacrar a los
resistentes. ¡Un ejército imperial multitudinario de cientos de miles,
luchando contra unas docenas (probablemente alrededor de cien) de
enloquecidos griegos, y aun así tuvieron que vencerlos desde lejos
porque en cuerpo a cuerpo nunca les hubieran podido ganar!
Cuando
el último espartano —extenuado, delirante y sangrante, con la mente
puesta en su esposa, sus hijos, su Patria y el cielo—, cayó acribillado
por flechas lanzadas desde lejos, terminó la batalla de las Termópilas.
Los griegos habían perdido y los persas habían ganado. Los caídos se
habían inmolado furiosamente hasta el último hombre, consumando
caballerosamente su juramento de honor y fidelidad eternos, y
ascendiendo los escalones de la gloria inmortal. En una sola batalla,
esos hombres caídos lograron una iluminación mayor que la que mil
sacerdotes y filósofos logran en vidas enteras de dedicación.
Para
hacernos una idea del miedo que esta matanza de persas insufló en el
corazón de Jerjes, baste decir que ordenó crucificar y decapitar el
cadáver de Leónidas [44]
Esto
es mucho más revelador de lo que parece, ya que los persas tenían la
tradición de honrar a un enemigo valiente muerto. Pero Leónidas les
había mostrado algo demasiado por encima de su respeto, algo aterrador
que daba la vuelta completamente a todo lo que daban por hecho y
conocían del Gran Occidente. Los demás cadáveres griegos fueron
arrojados a una fosa común. Jerjes preguntó, fuera de sí en su trauma,
si quedaban en Grecia más hombres como aquellos 300 espartiatas. Podemos
imaginar perfectamente lo que sintió cuando le informaron de que en
Esparta había 8.000 espartiatas tan valientes y entrenados como los 300
caídos.
Hagamos
ahora un pequeño recuento de la batalla de las Termópilas: 7.000
griegos contra (pongamos) 250.000 persas. El bando griego tuvo 4.000
muertos, incluyendo a Leónidas, sus 300 espartiatas y los 700 tespios.
Pero el bando persa tuvo nada más y nada menos que 20.000 muertos,
incluyendo dos hermanos de Jerjes: Abrocomas e Hiperantes. Es decir, un
ejército 30 veces más pequeño que el enemigo le inflinge a éste unas
pérdidas 5 veces mayores que las propias sufridas. Proporcionalmente
esto significa un triunfo de 150 a 1. Huelgan los comentarios, aunque sabemos que, con todo, las frías cifras numéricas nada entienden de heroísmo y de voluntad.
¿Qué
pasó después de la batalla? ¿Fue en vano el sacrificio? ¿Qué
consiguieron los caídos? Dar tiempo a la flota naval y a la
contraofensiva griega. Los persas prosiguieron su marcha hacia Atenas,
encontrándola vacía, pues sus habitantes habían podido ser evacuados
mientras se luchaba en las Termópilas. Los persas saquearon y quemaron
lo que pudieron. En la batalla de Salamina de ese mismo año de 480 AEC,
la flota griega derrotó a la persa en glorioso combate. Jerjes tuvo que
retirarse con parte importante de su ejército, pues sin la flota, la
logística y el aprovisionamiento eran precarios. Dejó, pues, a 80.000
persas (otros dicen que 300.000) bajo el mando de su cuñado, el general
Mardonio, para que continuaran con la campaña.
Pocos
meses después, en la batalla de Platea de 479 AEC, 5.000 espartanos,
junto con sus aliados, y bajo el mando del rey Pausanias de Esparta,
derrotaron definitivamente a los persas, y el general Mardonio cayó en
combate. Persia fue derrotada. Grecia ganó la Segunda Guerra Médica. El
sacrificio de las Termópilas, pues, no fue en vano.
El poeta Simónides escribió unos versos en honor a los espartanos caídos en Platea:
Estos hombres dejaron un altar de gloria en su tierra
brillando sin importar el tiempo que haga
cuando fueron envueltos por las negras nieblas de la muerte
Pero aunque murieron
no están muertos, pues su valor les alza en gloria
desde las estancias del Hades
¿Cuál
fue la posibilidad catastrófica que evitó Leónidas? De haberse retirado
de la lucha, la caballería persa le habría atacado en masa y en campo
abierto, cerrándole por detrás y por los flancos y masacrando sus
tropas. Persia habría conquistado toda Grecia y probablemente una
porción significante de Europa del Este, puede que más allá de los
Balcanes y el Danubio, ya que por aquel entonces no había una Viena que
los frenase. Y ello habría sido un desastre étnico para toda la
posteridad europea.
Antes
de partir a la lucha, la reina Gorgo, esposa de Leónidas, le había
preguntado: "¿Qué he de hacer si no vuelves?" La lacónica respuesta fue:
"Cásate con uno digno de mí y ten hijos fuertes que sirvan a Esparta".
En la perpetuación de la raza no hay pausa aceptable. El camino sigue
inexorable y el misterio de la sangre se transmite a los nuevos
herederos.
La
batalla de las Termópilas fue arquetípica. Leónidas (heráclida,
descendiente de Heracles, antepasado de los reyes espartanos) cayó en el
lugar donde, según la tradición, Heracles se había precipitado a las
aguas para calmar su fuego interior. En el punto se colocó una estatua
de un león (animal cuya piel se puso Heracles, y que figura en el mismo
nombre de Leónidas), y se hizo una placa con la sencilla inscripción:
"Caminante, ve a Esparta y di a los espartanos que aquí yacemos,
obedientes a sus leyes".
La historia de la batalla de las Termópilas es accesible para cualquiera en innumerables libros y sitios de Internet.
16- HISTORIA POSTERIOR DE ESPARTA
Se
acusa de relajamiento a aquella sociedad de la que la corrupción se
apodera, y es visible, en efecto, que el valor de la guerra y la afición
a la guerra disminuyen y que se aspira a disfrutar de la vida, con
tanta ansia como antes a los laureles de la guerra y de la palestra.
(Nietzsche, "La Gaya Ciencia").
Toda
la educación espartana era considerada admirable por los pueblos que
rodeaban a Esparta, que respetaban enormemente a su valeroso vecino, aun
siendo enemigos a veces. El mismo Platón, cuando escribió su
"República", se refiere a medidas estatales que parecen directamente
sacadas de las leyes espartanas, pues en ellas se inspiró, y fueron
también admiradas por Aristóteles, con alguna reserva en cuanto a que el
Eforado era supuestamente totalitario y tiránico [45]En
una época en que las ciudades-estado helénicas estaban ya en
decadencia, surgieron voces que pedían la adopción del modelo espartano.
Eran los fascistas de la época. Sea como fuere, las leyes espartanas
proporcionaron una estabilidad que jamás conocieron los demás Estados
helenos.
En
el Siglo VI AEC, Esparta inició nuevas conquistas sobre los pueblos
vecinos. En torno al ataque sobre Tegea, Heródoto dijo que uno de sus
motivos fue que los espartanos buscaban los huesos del mitológico
Orestes (hijo del legendario rey Agamenón, caudillo de todos los griegos
en la guerra de Troya), considerado como uno de los lejanos antepasados
del pueblo espartano. La pitia de Delfos prometió la victoria a los
espartanos si encontraban los huesos. Y, efectivamente, los encontraron y
vencieron. Pero no hallaron huesos normales, sino un esqueleto de un
tamaño inmenso, como los héroes gigantescos a los que alude Homero.
En
el mencionado caso de Tegea, los espartanos fueron audaces al no
anexionársela, sino establecer un tratado por el cual Tegea debía
proporcionar soldados, armas y demás equipo, además de aliarse con
Esparta y seguirla en todas sus estrategias de política exterior. A
cambio, Tegea pudo conservar su independencia. Mediante políticas
similares, Esparta se ganó los Estados de todo el Peloponeso, finalmente
incluso a Argos, Arcadia y Corinto, hasta el punto que, con la invasión
de los Persas en 490 AEC, Esparta era la mayor potencia helénica, muy
por encima de Atenas.
Según
Heródoto, en la batalla de Platea de 479 AEC lucharon 5.000 espartanos,
5.000 periecos y 35.000 hilotas. Tan sólo los espartanos eran guerreros
consumados, mientras que los demás estaban obligados a tomar las armas,
y la enorme cantidad de hilotas (completamente faltos de entrenamiento
militar) constituían la carne de cañón. En la época de mayor población,
en Esparta había 200.000 helotas y 9.000 familias espartanas. En 480
había un total de algo menos de 8.000 hoplitas espartanos movilizables.
El
poeta griego Esquilo (525 AEC-456 AEC) puso en boca de la madre de
Jerjes: "Me parece ver a dos vírgenes soberbiamente ataviadas. La una,
ricamente vestida a la moda de los persas; la otra, según la costumbre
de los dorios. Ambas superan en majestad a las otras mujeres. Ambas, de
una belleza impecable. Ambas, hermanas de una misma raza" [46]. Con
esto vemos que incluso en aquella época había individuos que se daban
cuenta de lo absurdas que resultaban estas querellas de pueblos del
mismo origen.
 
En
464 AEC hubo en Esparta un gran terremoto que destruyó el gimnasio
mientras los efebos, la flor y nata de la juventud espartana, se
hallaban dentro ejercitándose, matando a muchos de ellos. Diodoro Sículo
exageró hablando de 20.000 espartanos muertos, y Plutarco diciendo que
solo cinco casas quedaron en pie. Sin embargo, los daños debieron ser
grandes, y esta tragedia promovió que los hilotas (aprovechando el
desorden y el vacío creados) iniciaran otra revuelta, confiados en su
avasallante superioridad numérica con respecto a los espartanos. A los
hilotas mesenios rebelados se sumaron algunos hilotas laconios y hasta
dos comunidades periecas: Turia (en Mesenia) y Etea (en Laconia). Así
comenzó la Tercera Guerra Mesenia, también conocida como rebelión del
monte Itomé.
La
rebelión abierta fue aplastada por los espartanos con eficacia y sin la
más mínima piedad. Los despojos de la revuelta se retiraron al monte
Itomé, desde el cual, bajo el asedio espartano, los mesenios se
enzarzaron por cinco años en una guerra de guerrillas contra los
espartanos que también recurrieron con maestría a la táctica
guerrillera, empleando a sus fanáticos "cachorros" en actividades
selectivas de caza, represión y castigo. Los atenienses enviaron a
Esparta un contingente militar de cuatro mil hombres liderados por el
patriota y pro-espartano Cimón para auxiliarles, pero los espartanos
acabaron rechazando la ayuda, y el contingente hubo de retornar
agraviado a Atenas, en lo que se conoce como "el insulto de Itomé". 
Tras
estos cinco años, los espartanos, movidos por un oráculo de Delfos que
aconsejaba dejar marchar a "los suplicantes de Zeus Itometa", los
dejaron escapar del Peloponeso. El gobierno espartano reforzó desde
entonces aun más su severidad para con los hilotas, mientras que Atenas
suscribía un pacto militar con los fugitivos, reconociéndolos, no como
hilotas, sino como representantes de un supuesto y legítimo Estado
mesenio bajo ocupación militar.
 17- EL CREPÚSCULO DE ESPARTA
Si
alguien me pregunta si yo creo que las leyes de Licurgo permanecen
inmutables aun hoy, ¡por Zeus!, ya no podría afirmarlo con seguridad.
Realmente, sé que los lacedemonios antes preferían vivir ellos solos en
su Patria disfrutando de sus moderados bienes, que ser harmostas de una
ciudad extranjera y, al ser adulados, caer víctimas de la corrupción.
También sé que antes temían ser vistos con oro; en cambio, ahora incluso
hay algunos que alardean de poseerlo. También conozco que antes había
expulsiones de extranjeros y que no se permitía salir del país a los
ciudadanos para que no se contaminaran con la molicie de los
extranjeros. Ahora, en cambio, sé que los que se consideran los mejores
se esfuerzan en ser gobernadores en el extranjero y que nunca llegue su
cese. Hubo un tiempo en que se preocupaban por ser dignos de mandar; en
cambio, ahora se ocupan mucho más de conseguir el mando que de ser
merecedores de él. En consecuencia, los griegos iban antes a Lacedemonia
y les pedían que tomaran el mando contra los que pretendían ofenderles.
Ahora, en cambio, son muchos los que se auxilian mutuamente para
impedirles que vuelvan a tomar el mando.
(Jenofonte, "Constitución de los Lacedemonios").
La
rivalidad entre Esparta y Atenas culminó con la larga Guerra del
Peloponeso (431 AEC-404 AEC). Esta guerra tuvo un cierto carácter
espiritual-ideológico: los atenienses veían a Esparta como un estado de
brutalidad, opresión al individuo e inflexible rigidez, mientras que
para los espartanos, Atenas era un foco de decadencia y molicie que
amenazaba con contaminar a toda la Hélade. En 415 AEC, unos emisarios
espartanos acudieron al santuario de Delfos. El oráculo les hizo un
augurio sombrío: pronto los espartanos verían los muros de su peor
enemigo reducidos a escombros, pero ellos mismos no tardarían en
sucumbir ante una amarga derrota. Esta fue tal vez la primera
advertencia sobre el venidero ocaso de Esparta.
El
espartiata Lisandro, jefe de la flota espartana, derrotó efectivamente
al ateniense Alcibíades en 404 AEC, y otorgó la victoria a su patria.
Después de largos y penosos años de asedio, privaciones y batallas
contra Atenas, cuando por fin triunfó Esparta, Lisandro escribió
simplemente en sus memorias, en otra muestra de laconismo: "Atenas ha
caído". Lisandro era un mothake (bastardo, o mestizo), pues su
padre era espartano y su madre hilota. Sin embargo, durante su infancia,
fue aceptado por alguna razón en el brutal sistema de entrenamiento de
la Agogé. Lisandro era, con todo, un militar metido a político y un
conspirador, y acariciaba ideas de una nueva revolución de leyes en
Esparta. El simple hecho de que un individuo como Lisandro hubiese
llegado a un puesto tan alto ya implicaba que algo empezaba a oler a
podrido en Esparta.
La
guerra resultó en la ruina de Atenas, consolidándose la hegemonía
espartana. Ese mismo año de 404 AEC, los muros de Atenas fueron
derruidos al son de los pífanos espartanos tal y como fue vaticinado en
Delfos, y el gobierno de Atenas fue tomado por los "treinta
tiranos". Pero la supremacía espartana sería ya corta, porque había sido
lograda a costa del sacrificio de la mejor sangre espartana y, como se
ha dicho, negros presagios revoloteaban sobre la ciudad. Sus números
menguaban. La dureza de los espartanos producía cada vez más odios por
parte de las gentes sometidas, que se multiplicaban endiabladamente.
Esparta estaba envejeciendo. Por otro lado, por lo general se mostraba
muy celosa en cuanto a sus leyes de ciudadanía (ser hijo de padre y
madre espartanos y pasar la eugenesia, la instrucción y la admisión en
las sistias del Ejército), de tal modo que con el advenimiento del
mestizaje y las sanguinarias guerras, en las que caían los mejores
espartanos, el número de auténticos espartiatas se fue reduciendo desde
los 10.000 del apogeo, hasta llegar finalmente a poco más de mil, aunque
al menos esos pocos seguían siendo igual de espartanos que sus
antepasados. Habían preferido ser, a toda costa, una selecta minoría
superior, dominando a una mayoría inferior y siendo leales a las leyes
de Licurgo hasta el fin de su agonía nacional. Estaban obstinados en
resistir como grupo selecto y se negaban a dar concesiones o compartir
privilegios, permaneciendo cada vez más orgullosos a medida que sus
números fueron disminuyendo más y más. Toda esta política demográfica
contrastaba, pues, con la ateniense, que consistió en inflamar
artificialmente los números de su población (Atenas tenía
aproximadamente 5 veces la población de Esparta) mediante la inmigración
no-blanca, la reproducción descontrolada y la falta de eugenesia. Esto
dio como resultado barrios insalubres, sucios y lúgubres, de calles
estrechas y retorcidas, donde se acumulaban los esclavos oscuros y donde
se extendían las infecciones, las ratas y las pestes. La derrota de
Atenas además motivó que comenzaran a circular riquezas como trofeos por
Esparta. Plutarco escribió que: "El principio de la corrupción y
decadencia de la república de los Lacedemonios casi ha de situarse desde
que, destruyendo el imperio de los atenienses, comenzaron a abundar en
oro y en plata" [47].
En
398 AEC, el rey Agesilao ascendió al trono gemelo de Esparta. Un año
después, sucedió otro funesto presagio. Mientras un sacerdote llevaba al
cabo un sacrificio, entrevió horrorizado algún nefasto signo
arquetípico en el ritual, y anunció con gran alarma que Esparta estaba
bajo el acecho de sus enemigos. En ese mismo instante, según el anciano,
Esparta se encontraba seriamente amenazada. En vista de la postración
de sus enemigos exteriores, el presagio probablemente no fue tomado con
la seriedad que se merecía. Pocos sospecharían que el presagio se
refería a los enemigos interiores de Esparta.
Agesilao
descubrió un año después, en 397 AEC, una conspiración urdida por
Lisandro contra las leyes de Licurgo. En esta conspiración jugaba un
importante papel un individuo llamado Cinadón. Éste formaba parte de los hypomeiones o
"inferiores", ciudadanos espartanos "degradados" por haber mostrado
cobardía en combate, por no proveer a su sistia de las raciones
estipuladas, por no haber sido admitidos en sistia alguna o por otros
motivos deshonrosos. Lo importante de esta conspiración radicaba en que
parecía involucrar a todos los que no eran auténticos espartanos, es
decir, hilotas, periecos y espartanos degradados, todos los cuales
—según el mismo Cinadón— querían "comerse cruda" a la élite de
los auténticos espartiatas. Tras haber hecho sus confesiones, Cinadón y
su camarilla de conspiradores fueron conducidos a través de la ciudad de
Esparta a punta de lanza y bajo el acoso de los látigos. Después de ser
llevados a Kaiada, fueron ejecutados y arrojados a la fosa.
A
Agesilao se le acusó de quebrantar una vieja ley de Licurgo que prohibía
hacer la guerra durante mucho tiempo seguido al mismo enemigo para que
éste no aprendiese a defenderse, pues con sus incursiones en Beocia,
estaba prácticamente enseñando a luchar a los tebanos. En 382 AEC
Esparta tomó Tebas, pero esta victoria estaba maldita, pues Esparta
había decaído y los tebanos se estaban fortaleciendo. Cuatro años
después, los tebanos lograron expulsar a los espartanos, en el primer
signo político de que Esparta estaba decayendo. Años después, 7.000
tebanos altamente motivados, bajo el carismático líder Epaminondas, se
levantaron contra Esparta y derrotaron a los espartanos en la batalla de
Leuctra de 371 AEC. En aquella batalla ya sólo lucharon 1.200
espartiatas, que eran todos los que quedaban. 400 de ellos murieron. Se
dijo que cuando entraron los soldados tebanos en Esparta durante los
combates callejeros que se sucedieron, preguntaban "¿Dónde están los
espartanos?" y que un anciano les respondió "Ya no existen, en caso
contrario vosotros no estaríais aquí."
Tras
la invasión, los inteligentes tebanos dieron otro inmenso golpe al
poderío de Esparta: liberaron a los helotas. La ciudad de Mesene, en un
tiempo récord de tan sólo 74 días, se rodeó de un muro y la fortaleza de
Itomé fue reconstruida y convertida en acrópolis, simbolizando que se
había emancipado del yugo espartano y que pretendía conservar esa
emancipación a toda costa.
Los
espartanos habían caído, pero los tebanos habían mantenido pura su
sangre y su vitalidad. Contaban con una unidad de élite llamada la banda
sagrada. En toda Grecia, las mujeres tebanas (descritas por Dicearco
como rubias) eran ya consideradas, por encima de las espartanas, las más
hermosas de la Hélade. Los tebanos descendían de invasores tesalios,
magníficos jinetes que llegaron a Grecia en la época de las grandes
invasiones. Tras haber sido expulsados del Peloponeso por los dorios,
habían establecido su capital, Tebas, en Beocia. La batalla de Leuctra
consumaba finalmente la venganza de los tesalios contra los dorios. 
Desde
640 AEC ningún ejército había conseguido jamás doblegar a Esparta. El
poderío espartano estaba acabado. Sus leyes de hierro y piedra
—sabiamente promulgadas, y grabadas a sangre y fuego— no contuvieron el
mestizaje racial eternamente, al mismo tiempo que en las guerras morían
desastrosamente los mejores especimenes biológicos y espirituales de la
élite espartana. Hubo una traición, una deslealtad, una pérdida de
memoria y una caída. A partir de aquí, la historia de Esparta es
vergonzosa, desesperada, triste y trágica. Casi se siente vergüenza
ajena ante ella por lo mucho que contrasta con el heroísmo anterior.
Podría decirse que era humillante para sus herederos, pero debemos
agregar que mucos de ellos no eran ya herederos de la Esparta doria,
puesto que ya  no corría por sus venas la más importante herencia doria:
la sangre doria pura.
El
mestizaje racial y la fraticida guerra con Atenas habían debilitado
mucho a las numerosas ciudades-estado helénicas, de tal modo que cayeron
presa de la nueva estrella indoeuropea de los macedonios de Filipo II
(382 AEC-336 AEC), un pueblo heleno que se había mantenido en la
periferia de Grecia viviendo en estado semi-bárbaro, conservando la
dureza de los orígenes y la pureza de su sangre. Valiéndose de la Liga
Tesalia, los macedonios empezaron a penetrar gradualmente en Grecia. En
367 AEC se constituyó la Liga Etolia. En 339 AEC los macedonios ya
habían llegado a dominar la Hélade, incluyendo Esparta. El hijo de
Filipo II, el famoso Alejandro Magno, conquistaría el mayor imperio
conocido hasta entonces, desde Grecia hasta India, y desde el Cáucaso
hasta Egipto.
En
330 AEC, el rey Agis III de Esparta atacó a Antípater, lugarteniente de
Alejandro Magno, pero fue vencido y muerto en la batalla de Megalópolis.
Durante la guerra lamiana, estallada tras la muerte de Alejandro Magno
en 323 AEC, Esparta se encontraba demasiado débil siquiera para
participar.
Durante
el Siglo IV AEC tuvo lugar una reforma de Epitadeo, un éforo ambicioso
que, por desavenencias con su propio hijo, redactó una ley según la cual
todo ciudadano podría otorgar su herencia a quien le placiese. Esto
tuvo una enorme influencia en la distribución de las parcelas de tierra.
De todas maneras, la posterior ruina de Esparta no fue consecuencia de
esta ley, sino que la redacción de la misma fue consecuencia de una
silenciosa decadencia en el ámbito del espíritu y del cuerpo, y que se
manifestaba materialmente en la contaminación de la sangre, en la
desintegración de las familias nobles y en los males derivados de esto.
Durante
esta época decadente de mestizaje y corrupción, la libertad femenina se
volvió contra Esparta. Las mujeres, siendo por tradición propietarias y
administradoras de la hacienda y del hogar, se tornaron codiciosas y
egoístas. El materialismo que invadía Esparta procedente de Atenas
arraigó en ellas con gran facilidad. Olvidaron la naturalidad atlética,
olvidaron los esfuerzos físicos, olvidaron su papel de madres severas,
olvidaron la gravedad de la esposa sagrada, olvidaron inspirar esperanza
y contemplación, y abrazaron el lujo, los adornos y el confort. Durante
la decadencia espartana, las mujeres llegaron a acaparar de forma
insensata la mayor parte de las riquezas de Esparta.
A
finales del Siglo IV AEC, Esparta fue rodeada de murallas defensivas,
violando su tradición y revelando al mundo que había perdido la
confianza en sí misma.
Agis
IV de Esparta (reinó entre 244 AEC-241 AEC) intentó reinstaurar las
leyes de Licurgo, puesto que se había educado en el patriotismo y soñaba
con restituir la grandeza de su país. Para entonces, los lotes de
tierra estaban desigualmente repartidos y mal aprovechados, y él quiso
hacerlos más equitativos. Agis pospuso la redistribución de tierras para
unirse a la Liga Aquea de Arato de Sición, que desafiaba el creciente
poder de los macedonios. En 243 AEC, la Liga Aquea derrotó a la
guarnición macedonia de Corinto, resultando en una breve expansión de la
Liga. Pero durante la ausencia del rey, la resistencia a sus reformas
fue encabezada por su co-regente, el rey Leónidas II. Este rey traidor,
indigno de su nombre, era el ejemplo perfecto de la decadencia
espartana: casado con una mujer persa, gustaba de mantener en su corte
un estilo de lujo oriental que habría supuesto su inmediata ejecución en
la verdadera Esparta. En cuanto volvió Agis, fue arrestado por los
éforos que, ya completamente corrompidos, lo condenaron a muerte. Agis
fue así el primer rey de Esparta en ser ejecutado por el gobierno.
En
230 AEC ya sólo quedaban 700 espartiatas, divididos, desorientados y sin
rumbo. La diferenciación de castas, las barreras raciales, se habían
derrumbado. Los lotes de tierra estaban en manos de mujeres que las
administraban codiciosamente, y existían ya helotas que poseían tierras
propias. Plutarco escribió:
Así
es que no habrían quedado más que unos setecientos espartanos, y de
éstos acaso sólo un centenar poseían tierras, y todos los demás no eran
más que una muchedumbre oscura y miserable, que en las guerras
exteriores defendía a la República tibia y flojamente, y en casa estaba
siempre al acecho de la ocasión oportuna para la mudanza y trastorno del
gobierno. ("Agis").
Cleómenes
III de Esparta (reinó entre 235 AEC-219 AEC) procuró hacer otra vuelta a
las leyes de Licurgo. Su meta era crear de nuevo un grupo de
espartiatas que restituyeran el antiguo poder de la ciudad. Tras una
serie de esperanzadoras alianzas como Tegea y la recuperación de Manitea
de los arcadios, Esparta parecía estar renaciendo, opuesta a la Liga
Aquea. Se reestableció la austeridad espartana y las comidas en equipo.
Esparta derrotó a la Liga Aquea en 228 AEC, en la rivera del río Liceo. Y
en 227 AEC, volvió a derrotarla cerca de Leuctra.  El victorioso
Cleómenes, en cuanto volvió a Esparta cubierto de prestigio, hizo
ejecutar a los corruptos éforos y abolió la institución del
Eforado. Esparta continuó conquistando y triunfando: se anexionó Manitea
y, en 226 AEC, volvió a derrotar a la Liga Aquea en la batalla de
Hecatombeion. Esta vez apoyada por Egipto, Esparta estaba literalmente
reconquistando el Peloponeso.
Los
dirigentes de la Liga Aquea, atemorizados por el resurgir del
legendario poderío espartano, decidieron poner fin a su política
anti-macedonia y llamar cínicamente a los macedonios para que frenaran a
los nuevos espartiatas. Así, Arato de Sición pidió ayuda a su supuesto
enemigo, el rey Antígono III de Macedonia, ofreciéndole el control de
Corinto. La Liga Etolia y la Liga Macedonia, unidas, juntaron un
ejército de 30.000 hombres, que vencieron a los 10.000 espartanos y
aliados suyos en la batalla de Selasia de 222 AEC. Allí se extinguió
definitivamente el poder espartano; los nuevos espartiatas cayeron, las
murallas de Esparta fueron derribadas y Cleómenes tuvo que exiliarse a
Alejandría. Tras haber intentado desde allí un golpe de Estado con la
ayuda de Egipto, murió en 220 AEC. Con él desapareció el linaje real
heráclida.
Tanto
Agis IV como Cleómenes III son figuras trágicas, hombres de calidad que
nacieron demasiado tarde y que representaban la voz agonizante del
arquetipo espartiata durante su más siniestro ocaso. Sin embargo, estos
reyes no supieron comprender la verdadera causa del derrumbe de Esparta:
los lujos de la civilización y la disolución, bajo la degradación
espiritual de la edad de hierro, de la sangre de los elementos dorios
originarios que construyeron Esparta.
En
208 AEC, Nabis, posteriormente conocido como "Tirano de Esparta",
ascendió al trono. Puesto que el linaje doble de los Heráclidas había
desaparecido con el rey Cleómenes III, se hizo único rey de Esparta,
mandando edificar de nuevo murallas defensivas que la rodearan e
intentando revitalizar las reformas que habían procurado llevar al cabo
los reyes Agis IV y Cleómenes III. Introdujo con ayuda de la Liga Etolia
una especie de democracia en Esparta, y éste fue su mayor error, pues
dio la libertad a gran cantidad de helotas que no tardarían en mezclar
su sangre con la de los espartanos. Los mothakes (mestizos), comenzaron a tomar influencia en el mismo organismo nacional espartano, y surgieron los neodamodeis, "nuevos ciudadanos".
En
205 AEC Esparta se alió con Roma en su esperanza de alejar a los
macedonios. Pero en 197 AEC Roma se volvió contra Esparta, aliándose con
los demás estados griegos. La Liga Aquea obligó en 192 AEC a Esparta a
unirse a ella para intentar vigilar sus movimientos, pero cuando Nabis
consideró que la Liga se había propasado en sus asuntos, llevó al cabo
su secesión. Filopemén lideró el ejército aqueo, que irrumpió en Esparta
y ejecutó a los líderes anti-aqueos, incluyendo a Nabis, derribando de
nuevo las murallas de Esparta, liberando a los esclavos y aboliendo la
Agogé. Todo lo que en esta época hacían los aqueos contra Esparta era
una expresión del terror inconsciente que sentían ante la posible
resurrección del poder de esparta, y fue entonces, cuando Esparta estaba
débil, que quisieron rematarla para impedir cualquier brote futuro.
En
146 EC, Esparta fue conquistada por las legiones romanas. Bajo la
dominación romana, algunas costumbres de dureza espartana habían
subsistido despojadas de su esencia: el festival de Artemisa se
convirtió en una ceremonia grotesca en la que simplemente se azotaba a
los niños en público, en ocasiones hasta la muerte. En la tranquilidad
de la Pax Romana, Esparta se dedicó a estas prácticas aberrantes, que atrajeron a gran número de morbosos turistas de todo el Mediterráneo.
En
267 Esparta fue saqueada por el pueblo germánico de los hérulos —el
mismo pueblo que depondría al último emperador romano de Occidente dos
siglos más tarde. Los germanos eran la nueva estrella de Europa, y lo
serían por muchos siglos. Conservaban incontaminada su voluntad de
poder, y su mentalidad bárbara les impulsaba a conquistar y dominar.
Durante esta época se estaban abalanzando sobre un imperio romano ya
decadente e irreconocible, en el que el cristianismo estaba minando
irremisiblemente los sagrados pilares de la sociedad pagana, militarista
y patriarcal que otrora tuvieron los romanos.
Tras
el desastre romano contra los godos en la batalla de Adrianopla (378),
la falange espartana derrotó a una banda de saqueadores germanos, en un
destello de fuerza. Pero en 396 Esparta fue arrasada por los visigodos
del rey Alarico I, que acabaron siendo los encargados de administrarle
el tiro de gracia a un imperio romano ya irreconocible.  
Cerca
de las ruinas de Esparta se edificó la población de Mistra. Los
bizantinos, posteriores conquistadores del sureste de Europa, edificaron
sobre Mistra una nueva ciudad a la que llamaron Lacedemonia, tal como
se llamaba antes de llamarse Esparta. Según fuentes bizantinas, en pleno
Siglo X grandes zonas del territorio de Laconia aun eran paganas.
Cuando
los turcos otomanos se fueron haciendo con el control de Grecia y el
Sureste de Europa en los Siglos XIV-XV, quedaron reductos de etnia doria
que conservaron la religión ortodoxa y su pureza racial tanto en Creta
(los esfaquiotas) y en el mismo Peloponeso (maniotas). Estos núcleos,
que se retiraron a zonas montañosas aisladas y bien protegidas,
mantuvieron su identidad intacta hasta que los turcos fueron expulsados
de Grecia en el Siglo XIX, tras lo cual descendieron de las montañas
para poblar de nuevo las zonas más propicias a la vida, reteniendo
siempre una fama de bravos luchadores. Hay autores que relacionan a
esfaquiotas y maniotas con los mismísimos espartanos, por compartir
estirpe doria con ellos. El linaje paterno de estos pueblos se
corresponde con el haplogrupo R1b, predominante en Europa Occidental,
con sus más altas frecuencias en el País Vasco, Irlanda, Escocia y
Gales. Sean o no descendientes de los espartanos, no deja de ser un caso
digno de mención. Tras la expulsión de los turcos, se edificó la que es
actualmente Sparti, bajo un avanzado plan urbanístico.
Hoy Esparta es un conjunto de ruinas sencillas, toscas y poco vistosas. En palabras de Tucídides:
Si
fuese desolada la ciudad de los lacedemonios, y sólo quedaran los
templos y los cimientos de los edificios, pienso que al cabo de mucho
tiempo, los hombres del mañana tendrían muchas dudas respecto a que el
poderío de los lacedemonios correspondiera a su fama… Por el contrario,
si les ocurriera esto mismo a los atenienses, al mostrarse a los ojos de
los hombres del mañana la apariencia de su ciudad, conjeturarían que la
fuerza de Atenas era el doble de la real.
Parte de las ruinas de Esparta, tal y como quedan en nuestros días.
18- LA LECCIÓN DE ESPARTA
Me parece que la civilización tiende más a refinar el vicio que a perfeccionar la virtud.
(Edmond Thiaudière).
Una
nación tan excepcional como Esparta, que arrasaba con sus enemigos en
una época en la que el hombre era infinitamente más duro que ahora, una
nación que era temida en "una edad que todo lo tritura y lo salpica de
sangre", tuvo una misión excepcional: señalarnos un camino a nosotros,
hijos de Occidente y por tanto herederos de Esparta. Ése fue el
propósito de Licurgo, y la sibila de Delfos lo supo en cuanto le vio,
santificando su misión. Mas Esparta tuvo también que señalarnos el único
punto débil de tal civilización, de modo que su decadencia también nos
ha de servir de lección, para que la espartana disciplina del gran
dolor, la ascesis militar, no haya sido en vano.
A
Esparta le pasó lo que a toda civilización: sucumbió bajo la maldición
multirracial, el oro de los comerciantes, la corrupción de las mujeres,
la blandura de los hombres, el relajamiento, los lujos y las guerras
fratricidas, si bien las leyes de Licurgo prolongaron su gloria y su
agonía. Los mejores y más valientes hombres de Grecia estaban acabados.
Luego sus restos fueron pisoteados por pueblos más puros, juveniles y
vigorosos.  
  
¿Pero
cuál es la mayor moraleja? Que el despertar de la humanidad europea,
como en su día el despertar de Esparta, sólo podrá ocurrir tras el
advenimiento de un terrible trauma sobre la raza, que actúe como una
iniciación del tipo de "muerte mística". ¿Quiénes le darán a la Europa
la temida iniciación?
Esparta
nos enseña también que no podemos permitir, que debemos evitar a toda
costa, que los hombres de calidad mueran sin dejar una descendencia
abundante, pura, protegida y cultivada, procreada con congéneres de
idéntica calidad racial. Cultivar la mejor sangre es la
solución. Tener un jardín perfectamente ordenado y distribuido es la
solución. Y Esparta tuvo éxito durante mucho tiempo, pero acabó
fallando. Y cayó, roída en sus raíces desde dentro.
  
Si
hoy en día, pues, tuviésemos que preguntarnos qué país se parece más a
Esparta en cuanto a su situación estratégica y sus métodos, sólo
podríamos dar por respuesta Israel. La judería ha comprendido que perder
la cabeza y dejarse seducir por la confianza que embarga al victorioso
es el momento del mayor peligro, y por ello ha establecido algo tan
inaudito e incomprensible a primera vista como el Estado de Israel. A
pesar de haber conquistado todo Occidente, gracias a Israel, la judería
puede aun permitirse el lujo de estar en ambiente de peligro y de
guerra. Allí, el enemigo se halla en el interior y amenaza
constantemente con atacar. Allí, sólo la opresión de los palestinos y el
mantenerse en guardia perpetua garantiza su seguridad y les mentaliza
para no decaer. Allí, tienen a un pueblo fanático, histérico, armado
hasta los dientes y militarizado, rodeado de vecinos hostiles que
acrecientan aun más su paranoia, su racismo, su mentalidad de
autodefensa y su afán de compensar mediante la calidad su inferioridad
numérica, alimentando un sentimiento de estar solos ante el peligro
―sentimiento absolutamente falso, ya que tienen a sus pies los medios de
casi todo Occidente.
En
comparación con el barbarismo imperante en las favelas y villas-miseria
del tercer mundo, con la organización corporativa de Asia Oriental, con
el embrutecimiento de los inmigrantes en las calles de Occidente, el
Occidente aparece como algo extremadamente blando, viejo, cabizbajo,
afeminado, sin instintos, sin columna vertebral y condenado a
desaparecer. Occidente, ahora mismo, transita su etapa más vulnerable y
esa condición se acrecienta a pasos agigantados. Occidente no se salvará
si no logra despertar sus instintos primarios.
  
19- LA PERVIVENCIA DEL ARQUETIPO ESPARTIATA
¡Al
superhombre sí que podéis crearlo! Tal vez no podáis crearlo vosotros,
pero podríais convertiros en padres y ascendientes del superhombre. ¡Que
ésa sea vuestra mejor creación!
(F. W. Nietzsche, "Así Habló Zaratustra").
  
Los
espartiatas fueron herederos de un arquetipo: el arquetipo del Estado
militar europeo, de las filas de tropas disciplinadas, del orgullo, del
honor, de la austeridad y del sacrificio. El arquetipo, como hemos
dicho, sería heredado por otros a lo largo de la historia, como los
romanos, los templarios, los españoles,  los ingleses o los alemanes.
Los espartiatas formaron, así, parte del linaje de gigantes de Occidente
y del genio humano. En su caso, tuvieron el privilegio de ser ni más ni
menos que un pueblo entero y unido.
Comparemos
a los europeos de hoy con los espartanos. Sentimos pánico al constatar
semejante degeneración física, mental y espiritual, semejante
desvalorización. El hombre europeo, aquel que era el hombre más duro y
más valiente de la Tierra, se ha convertido en un pingajo y ha
degenerado biológicamente por efecto de la comodidad. Su mente es débil,
su espíritu es frágil, y encima se cree la cumbre de la creación. Pero
ese hombre, sólo por la sangre de la que es portador, ya tiene un enorme
potencial.
Las
reglas sobre las que estaba asentada Esparta eran eternas y naturales,
tan válidas hoy como ayer, pero hoy en día el bienestar dualista de mens sana in corpore sano se
ha olvidado: la forma física es abandonada, produciendo monstruos
blandos, enclenques y deformes; y el envenenamiento mental ha producido
abominaciones semejantes en el campo del espíritu. El europeo moderno no
conoce el dolor, ni el honor, ni la sangre, ni la guerra, ni el
sacrificio, ni la camaradería, ni el respeto, ni el combate, y por eso
tampoco conoce antiguas y amables diosas como la Iluminación, la Gloria o
la Victoria.
Todos
los renacimientos eurpeos estuvieron inspirados en ese espíritu
grecorromano o europeo clásico, del cual el arquetipo espartiata fue la
manifestación más lograda y depurada. Las leyes inmutables de Esparta
siguen siendo tan válidas ayer como hoy, esperando simplemente que
alguien tenga la sabiduría de obedecerlas.
  












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