miércoles, 23 de noviembre de 2016

El Antisemitismo en la Antigüedad

El Antisemitismo en la Antigüedad


INTRODUCCIÓN


    La época de la que nos ocuparemos en este ensayo abarca el lapso comprendido entre los años 120 a.e.c.[1]
y 200 e.c. aproximadamente. Desde el punto de vista de la historia del
antisemitismo, tienen importancia solamente los últimos 5 o 6 siglos.



    Durante la primera etapa de ese período existieron varios imperios
en el Cercano Oriente, así como también en el territorio donde griegos y
posteriormente romanos efectuaron sus conquistas para conformar sus
imperios. El primer cambio de real importancia en esa parte del mundo
sobrevino con  la destrucción  del imperio persa a raíz del ataque de
Alejandro Magno. La ocupación del trono persa por el rey macedónico
(330 a.e.c.) permitió también la conquista del mundo oriental por el
espíritu helénico, que llegó a extenderse desde Egipto hasta la India.



    Tras la prematura muerte del conquistador (323 a.e.c.), los
generales del difunto rey se repartieron el imperio. Los Ptolomeos
tomaron el poder de Egipto, los Seleucidas en Siria, Asia Menor y
Mesopotamia. Judea, donde habitaba la mayor parte de los judíos por
aquel entonces, quedaba enclavada entre los dos macizos imperiales,
siendo objeto de una pugna casi permanente entre Ptolomeos y
Seleucidas.



    La primera distribución asignó Judea a Egipto, cuyos gobernantes
trataron a los judíos con buena voluntad, otorgándoles completa
libertad religiosa y espiritual. Al poco tiempo había judíos viviendo en
todas las ciudades del imperio, especialmente en Alejandría, donde
algunos se habían establecido desde mucho tiempo atrás.



    En el año 199 a.e.c., después de una prolongada lucha, los
Seleucidas ocuparon Judea. Este hecho no afectó en principio a los
judíos, quienes vivían tranquilamente hasta la muerte del rey Antíoco
III (187 a.e.c.). Su sucesor, Seleuco IV (187 a. e.c..-175 a.e.c.)
recurrió a todo tipo de extorsiones económicas contra los judíos para
cubrir su alarmante déficit financiero. En 175 a.e.c., después de 
asumir el trono Antíoco Epífanes, Jerusalén fue ocupada, el Templo
saqueado y se dio la orden de comenzar la helenización forzada de la
provincia conquistada. La consecuencia de esa helenización y
asimilación forzadas fue la rebelión de los Macabeos (166 a.e.c.), que
logró la recuperación de la independencia del pueblo judío y  la
formación de un nuevo reinado bajo los reyes Hasmoneos.



   

En esa época ya existían importantes comunidades judías fuera de Judea.
En Babilonia, tanto bajo el dominio de los persas, como de los griegos y
posteriormente de los partos, vivían muchos judíos. Estos pueblos
tuvieron un buen comportamiento para con ellos, aunque el Libro de
Ester muestra un acontecimiento que sugiere lo contrario.



    Hay testimonios que aseguran que también en el Antiguo Egipto
vivían judíos desde el siglo VII. El monarca persa Cambises, que ocupó
Egipto en 525 a.e.c., utilizó a los judíos como guardianes de
fronteras, hecho sobre el que dan fiel testimonio los papiros de la
Isla de Elefantina. En dichos documentos consta que esos judíos
mantenían estrecho contacto con sus hermanos de Jerusalén, y que además
eran muy religiosos y observantes estrictos de las festividades. Esta
misma fuente relata que en una ocasión el populacho, excitado por los
sacerdotes egipcios, asaltó y destruyó el templo judío, que luego fue
restituido por el gobernador persa de la isla (409 a.e.c.). 



    Alejandro Magno y sus sucesores promovieron la radicación de judíos
en Alejandría. Según algunos testimonios de la época, la ciudad llegó a
contar con 300.000 judíos, la tercera parte de su población total.
Estos judíos se integraron casi completamente al mundo que los rodeaba.
Se helenizaron, por lo menos en apariencia, pero nunca dejaron de ser
fieles a la religión judía. Como habían olvidado el idioma hebreo,
mandaron traducir la Biblia al griego. Existía la cultura y el estudio,
en su mayor parte, eran artesanos y comerciantes, y algunos de ellos
llegaron a ser sumamente ricos. Vivían separados del resto de la
población en áreas específicamente destinadas para ellos, no sabemos si
por propia voluntad o compulsivamente. Alejandría fue la ciudad donde
se registró por primera vez dicho fenómeno, teniendo también el
discutible mérito de haber estrenado el antisemitismo institucional. Los
comerciantes egipcios y griegos, quizás celosos por el bienestar de
que gozaban los israelitas, esparcieron acusaciones falsas contra
ellos, creando una tensa atmósfera antijudía.



    En el transcurso de los siglos IV y III a.e.c., mientras el mundo
helénico estaba henchido de orgullo por sus éxitos militares y
culturales, comenzaba la decadencia que lo llevaría a la ruina. En
Italia se había iniciado una nueva línea política. Roma había decidido
expandir su poderío militar y político, al principio por los
alrededores de la ciudad y luego, siempre más lejos, hasta crear un
imperio unido, sólido y estable. Ya en el siglo III a.e.c., Roma puso
en relieve su poderío militar frente a los generales educados en la
escuela estratégica de Alejandro Magno, y a fines de ese mismo siglo
logró penetrar decisivamente en         asuntos internos de los países
del cercano oriente, a los que finalmente obligó a aceptar su
supremacía. Esos estados, hasta entonces autónomos, pasaron a ser
súbditos romanos. Entre ellos se encontraba Judea. Gobernado por los
Hasmoneos, el estado se había agotado por las permanentes luchas
internas. El reinado judío fue transformándose primeramente en
protectorado, más tarde en provincia (donde teóricamente se respetaba
la autonomía interna) y por fin, en el año 70 e.c., con la destrucción
de Jerusalén, terminó por desmoronarse la agonizante independencia
política de los judíos en su tierra. Con ello empeoró la relación,
hasta entonces medianamente estable, entre los judíos y romanos. Estos
impusieron prohibiciones referentes al culto y a la enseñanza. Este
hecho fue la causa  inmediata por la que estalló la rebelión,
encabezada por Bar Kojba y Rabí Akiba (132 de la era común).



    Fuera de Judea había comunidades judías en casi todas partes del
Imperio Romano. Las más nutridas eran las de Roma y de las otras
ciudades de la Península Itálica. Los judíos recibieron en 161 a.e.c.
el Status de Pellegrini, es decir, el derecho de vivir según sus
propias leyes. En el año 111 a.e.c. les fueron otorgados nuevos
privilegios, renovados posteriormente por Julio Cesar. La religión
judía era “religión lícita”, permitida dentro de todo el imperio, y es
de notar que el estado Romano, hasta la aparición del cristianismo como
culto oficial, no conoció la intolerancia religiosa.  Reconocían la
autonomía religiosa y espiritual, así como la relación estrecha de los
judíos que vivían en la Diáspora con Jerusalén, autorizándoseles a
aquellos a enviar dinero para los sacrificios en el Santuario.



    Al final de esta época, la población judía en el mundo alcanzaba aproximadamente a los cinco millones de almas.



    En un principio la grey judía era una masa como cualquier otra de
su alrededor. Tardó  bastante tiempo en constituir un estado, aun de
reducidas dimensiones. Esta es la razón más sorprendente: mientras los
grandes imperios aparecían y desaparecían en el curso de la historia,
este pequeño pueblo sobrevivió y siguió firme en sus enseñanzas
espirituales. Este tesoro espiritual, iniciado por Moisés, el
legislador, y paulatinamente enriquecido por los profetas, maestros y
rabinos, fue la razón de ser de tal supervivencia, alentada por la
enseñanza.  Esto sólo era posible, merced a una actitud permanente y
profundamente religiosa. Creyeron que el centro de su vida cotidiana
debía ser Dios.



    El pueblo judío, aislado y cercado por naciones idólatras y
politeístas, practicaba un estricto monoteísmo. Los demás pueblos
solucionaban sus inquietudes religiosas con la deificación de lo más
cercano, deslumbrante o poderoso; a veces el monarca, en otras
ocasiones figuras de animales o, en una abstracción mayor, elementos y
fenómenos de la naturaleza. Los judíos se consideraron a sí mismos
elegidos para cumplir una vocación. Esa creencia les dio la fuerza
necesaria para luchar con éxito contra su desaparición y posibilitó su
subsistencia hasta el presente. De esa creencia derivan la severidad de
las leyes sobre el matrimonio y el ordenamiento de las relaciones que
debían mantener con los gentiles. Si accedían a cierto acercamiento,
moral o religioso con los pueblos que los rodeaban, se apartaban de
Dios. Si cumplían con Dios, los demás pueblos los miraban   llenos de
indignación por verlos extraños y distintos.



    Esta realidad constituyó un conflicto constante entre el pueblo
judío y los que lo rodeaban. Fue el destino histórico que tuvo que
afrontar para no disolverse en la gran variedad de los pueblos.  Desde
el principio de su historia, el pueblo judío procuró no sólo vivir,
sino sobrevivir como judío, y para el individuo esto significaba
permanecer en el seno de su comunidad. Cada judío poseía un acendrado y
vigoroso sentido de hermandad para con sus correligionarios y el
mantenimiento de las leyes religiosas le significaba una satisfacción
espiritual, puesto que esas reglamentaciones eran el medio para
cimentar la unidad y fortificar la cadena que lo unía a la comunidad.
No importaba que los demás pueblos los consideraran en primer lugar
judíos y sólo después ciudadanos; al contrario, estaban orgullosos de
su judaísmo, no sentían la falta de amistad con los gentiles, ni los
humillaba la enemistad de estos, que cada vez era más grande.



    El sentimiento de que estaban cumpliendo una misión colectiva los
alentó extraordinariamente, y el saber que vivían en un mundo hostil
les hizo brotar la necesidad de apoyarse mutuamente y vivir en
comunidad. En esta época ya no podemos hablar de un idioma común,
puesto que el hebreo había sido olvidado. Tampoco había una cultura
común, esto era inaccesible para la mayoría; pero el apego a la
tradición, a pesar de las distintas modalidades que ésta reflejaba, les
brindó la fuerza sustentadora.
    Desde la Antigüedad hasta
hoy los judíos se agruparon casi siempre en grandes ciudades, en parte
debido a una necesidad originada en las condiciones económico-sociales
en que debían desenvolverse y también por la mayor seguridad que éstas
les brindaban para defenderse juntos frente a cualquier ataque o
atentado antisemita.



    Por tal razón, ya tempranamente encontramos en la composición
ocupacional de la población judía las profesiones más ligadas a la vida
de ciudad. En general, se ocuparon en elevada proporción de las
manufacturas de la época, especialmente , tejeduría , tintorería y
profesiones que en ciertas regiones llegaron prácticamente a
monopolizar. También se dedicaron a la orfebrería, vidriería,
artesanías del bronce y del hierro. En Egipto y Asia Menor eran
mayoritariamente colonos agrícolas. Cuando les fueron negadas todas las
demás profesiones, los judíos se convirtieron en comerciantes y
prestamistas.



    Adoptaban regularmente el idioma y la vestimenta del país en el que
habitaban y en cuyo seno se asimilaban rápidamente, llegando hasta
helenizar o latinizar sus nombres. Nada, con excepción de su culto y de
su convicción religiosa-nacional, los distinguía de sus vecinos.



    El término “antisemitismo” acuñado por un judío alemán renegado,
Wilheim Marr, en 1878, significa disposición hostil hacia los semitas,
pero en general este término se  dirige exclusivamente contra los
judíos.



    El fenómeno, que tuvo su origen en la Edad Antigua, se ha conservado
a través de la evolución histórica hasta nuestros días. Pero mientras
que actualmente la palabra antisemitismo nos sugiere divergencias o
antagonismos políticos o raciales, económicos y sociales, en la
Antigüedad dicho fenómeno tuvo su raíz  en conflictos de orden
afectivo.



    No se puede enfocar el problema del antisemitismo aislándolo de los
procesos históricos que ha vivido y vive la humanidad. Hay que
comprender que en la época a la que se refiere este trabajo, el judaísmo
no era la única religión, ni tampoco  el único pueblo cuya vida y
costumbres provocaron en otros pueblos odio y persecución.  La historia
enseña que siempre, al surgir una nueva religión o al arribar ésta a
un nuevo país o comunidad humana, se la recibe con desconfianza y
enemistad. Lo desconocido hace brotar el temor el alejamiento y el
odio. Esta enemistad lleva a que los partidarios de la nueva religión, a
menudo militantes, sean odiados, mientras que los de la antigua se
vean reforzados en su convicción. Pero si la antigua creencia ya se
encuentra superada, es común que se abrace cierta intransigencia.   El
antisemitismo refleja siempre el espíritu de su tiempo, de manera que
en las distintas épocas asume exteriorizaciones específicas. Pero lo
que lo caracteriza permanentemente es que se trata de un problema
suscitado por las pasiones irracionales y no por la inteligencia o la
razón.



    Nunca una ola antisemita fue mundial o alcanzó a todos los judíos
del orbe simultáneamente. De la misma manera, las tendencias antisemitas
que estudiamos aquí son relacionadas con fragmentos concretos del
pueblo judío, estrictamente delimitados en el tiempo y en el espacio.



    El aislamiento del judaísmo ancestral posibilitó el aporte a la
humanidad de la religión monoteísta y de la Biblia, fuerza generadora
del monoteísmo, fue una bendición para toda la humanidad. Pero esa
misma separación origina el fermento de todo cuanto constituía y
constituye aún hoy el contenido íntimo y psíquico del antisemitismo.




II.- MANIFESTACIONES DEL ANTISEMITISMO EN LA ÉPOCA ANTIGUA


    El segundo libro de Moisés brinda el primer caso que se conoce de
persecución impuesta por una mayoría a una minoría (en este caso judía)
con el propósito de subyugarla e incluso eliminarla físicamente. Los
Hijos de Israel vivieron durante muchos años en Egipto, donde
fructificaron y se multiplicaron. Un nuevo faraón, quien ignoraba
absolutamente los acontecimientos  que dieron origen a la radicación de
los judíos en Egipto y desconocía los beneficios que reportó la
actividad de José a los propios egipcios, llegó a envidiar y temer a
los judíos. Para debilitarlos les impuso tributos y cargas especiales
con particular rudeza; los egipcios redujeron a los Hijos de Israel a
la esclavitud, queriendo más tarde exterminarlos de la faz del mundo..



   Pero veamos la época de la historia que estudiamos en este momento:
Hasta el siglo V a.e.c, los judíos vivían en perfecta igualdad con los
demás pueblos. Sus ocupaciones eran las mismas que las de éstos: había
entre ellos artesanos, agricultores, financistas y comerciantes. Pero
su riqueza despertó envidias, y sus costumbres odio. Alrededor del año
410 a.e.c. nos encontramos con la primera manifestación antijudía. Como
consecuencia de la agitación suscitada por los sacerdotes egipcios, la
sinagoga de Elefantina fue destruida. Aparentemente este fue un
acontecimiento aislado, puesto que recién se encuentran testimonios de
persecución organizada y masiva en el siglo II a.e.c.



    En el Libro de Nehemías leemos que la llegada de Nehemías a Israel
(445 a.e.c.) y la reconstrucción del Estado, provocaron enemistad entre
Sanbalat (sacerdote horonita) y  sus compañeros, motivo por el cual
comenzó a perseguir a los judíos. “Cuando oyó Sanbalat que se edificaba
el muro se enojó y enfureció en gran manera, e hizo escarnio de los
judíos y conspiraron todos para venir a atacar a Jerusalén y hacerle
daños.”



    Según algunos comentaristas, Sanbalat no odiaba a Nehemías
individualmente sino a todo el pueblo judío, y el deseo de los judíos de
reintegrarse a su país le parecía adverso. De acuerdo con esta
interpretación, Sanbalat sería el primer antisemita consciente de la
historia.



    El siguiente dato para la historia del antisemitismo está reflejado
en el Libro de Ester. Este es el primer caso de antisemitismo que
oculta sus verdaderas razones, que no son otras que el orgullo, el
rencor y la apetencia de bienes ajenos. El rey Ajashverosh de Persia
había dignificado y engrandecido a Haman, uno de sus ministros. Todos
los siervos del monarca, dentro y fuera del palacio, se inclinaban y
arrodillaban ante él, excepto el judío Mordejai, quien ni se
arrodillaba ni se humillaba. Los demás siervos, al ver que Mordejai no
se rebajaba como ellos, lo denunciaron a Haman. Cuando este funcionario
se enteró cuál era el pueblo de Mordejai, procuró destruir a todos los
judíos que habitaban en el reino de Persia.



    Dos propósitos inspiraban el odio de Haman contra el pueblo judío y
el anhelo de su total exterminio. Uno era directamente personal: la
negativa de un judío a rendirle veneración excesiva, y el otro, más
oculto, de carácter utilitario, era el deseo de apoderarse de sus
bienes. Pero era indecoroso para un ministro expresar sin rodeos tanto
orgullo y codicia. Haman tenía que buscar un pretexto, y es éste
probablemente el primer ejemplo de antisemitismo que oculta bajo falsas
acusaciones los motivos verdaderos de la persecución. Leemos en la
Biblia: “Dijo Haman al rey Ajashverosh: hay un pueblo esparcido y
distribuido en todas las provincias de tu reino, cuyas leyes son
diferentes de las de todo el pueblo; no guardan las leyes del rey y al
rey nada le beneficia el dejarlos vivir. Si plazca al rey, decrete que
sean destruidos.”[Ester, 1:3]



    No solamente estas palabras, sino también toda la descripción del
Libro de Ester, muestran que la situación de los judíos no pudo ser
tranquila en esta época del reino persa (siglo V. a.e.c.). El hecho de
que Ester, al entrar en la corte del rey, no haya revelado su judaísmo,
nos da motivo para suponer que en aquel entonces existía un
resentimiento general contra los judíos. Además, una fuente griega
relata que los persas consideraban a los judíos como fuente de todos
sus desórdenes políticos.



    Volvamos ahora una vez más a Alejandría. El tercer Libro de los
Macabeos nos relata la triste historia de los judíos en esta ciudad.



    Desde mucho tiempo atrás, los judíos venían emigrando en gran
número hacia Egipto, hasta formar una colectividad numerosa. Así
llegaron a las grandes ciudades como Alejandría, donde residieron en un
barrio cercano al mar. Desarrollaron el comercio y la navegación como
actividades preferenciales. Aparte, aprendieron el arte de los
artesanos griegos, se agruparon en gremios y se imbuyeron de la
filosofía griega, de la ciencia de la organización del estado y las
técnicas de la guerra.



    El vigoroso desenvolvimiento material y cultural en Alejandría
determinó que esa ciudad se convirtiera en centro espiritual judaico no
solamente de Egipto, sino de todos los países circundantes. Incluso la
comunidad radicada en Egipto constituía una fortaleza espiritual, moral
y económica para los judíos de Judea. Cuenta la leyenda que en
Alejandría construyeron una sinagoga cuyas dimensiones eran tan
enormes, que el bedel tenía que señalar con banderines el transcurso
del servicio religioso, ya que no se escuchaba la voz del oficiante. 



    Pero las altas posiciones sociales y económicas de los judíos en
Egipto generaban las sombras de futuros choques con otros pueblos. El
primer enfrentamiento serio se produjo después de la lucha por el poder
entre Euergetes Physcon II y Cleopatra, (alrededor de 230 a.e.c.).
Ambos rivales llegaron a establecer la paz pero no tardó en
desencadenarse una venganza contra los judíos por haber apoyado éstos a
la reina viuda. Physcon hizo concentrar a todos los judíos en
Alejandría, y los hizo llevar engrillados al circo para que fueran
pisoteados por elefantes previamente emborrachados, pero los animales
hicieron más daño entre los soldados que entre los judíos.



Posteriormente estalló una persecución política casi permanente
en Alejandría, motivada, al principio, más por razones políticas que
religiosas, y cuya consecuencia fue que los judíos pasaron  a ser los
enemigos de los gobernantes ptolomeos.
    El mencionado Libro de los
Macabeos cuenta también cómo los judíos tuvieron que desprenderse de
todos sus bienes para que no los llevaran como esclavos; vivían
escondidos y privados de sus derechos. No se sabe con exactitud si los
instigadores de esta ola antijudía eran griegos o egipcios, pero desde
aquella época, la vida de los judíos en Alejandría estaba llena de
sobresaltos. Escritores, historiadores o simplemente demagogos, no
dejaban de alentar el odio contra ellos. El Libro menciona otra masacre:
la que cometió Ptolomeo Lathyro alrededor de 100 a.e.c., al ocupar una
parte de Judea, capturando y matando a muchos de sus habitantes. Desde
entonces los habitantes de Alejandría fueron netamente antisemitas.



    El antisemitismo se convirtió en una persecución directa bajo el
reinado de Antíoco Epifanes (175-164 a.e.c.).Este rey se caracterizó por
ser el creador de leyes especiales dirigidas directamente contra la
existencia judía. Según una que  promulgó, todo judío debía abandonar
su religión y ofrecer sacrificios a los dioses griegos. A tal fin
estableció altares donde el sacrificio obligatorio era preferentemente
el cerdo. Prohibió la circuncisión, la observancia de las fiestas, y la
conservación de las leyes dietéticas. Pero como todo esto no le
parecía suficiente, dio orden a los jefes de sus ejércitos para 
eliminar físicamente a todos los judíos.



    Al entrar a Jerusalén, Antíoco ordenó ejecutar una masacre y
profanó el Santuario, robó todos los objetos de oro y plata que allí
había. Al salir relató que dentro del Santuario había visto una estatua
de mármol representando a un hombre montado en un asno y con un libro
en la mano, y dijo: “ése es el Dios de los judíos, a esa estatua se
venera”. Por otra parte, señaló que había escuchado la voz de un griego
pidiéndole que lo liberara, ya que los judíos lo tenían encerrado
desde mucho tiempo atrás, para sacrificarlo algún día a su Dios,
renovando así su voto de hostilidad contra todos los griegos.



    La actitud antisemita de Antíoco obedecía a móviles políticos. El
objetivo del rey era que todos los pueblos de su imperio abandonaran
sus costumbres autóctonas y se asimilaran al helenismo, para unificar
así el reino y fortalecer su dominio. Es completamente refutable la
opinión de quienes quisieron presentar esta guerra como una lucha
cultural, la lucha de una cultura más elevada contra otra inferior.



En el año 88 a.e.c. las turbas agredían a los judíos en Alejandría, y
los escritos comenzaron a caldear el ambiente contra ellos. Por
primera vez en la historia se aprovecha la publicidad para diseminar el
odio.



    Sabemos que en Roma y en toda Italia vivieron judíos desde tiempo
inmemorial. Llegaron a Roma como comerciantes, transportando trigo desde
Egipto y otros productos de Oriente, pero en un principio no formaron
comunidades organizadas. La mayoría habitaba en la orilla del río
Tíber. Roma les concedió plenos derechos de ciudadanos, e incluso con
sus votos a menudo influyeron en la política interna del Estado.



La religión judía era respetada por los gobiernos. Los judíos tenían
el privilegio del descanso del sábado,  y no los obligaban a cumplir el
servicio militar, ni a tributar honores a las estatuas de los
emperadores. Con respecto a este último, Cayo Calígula fue el primer
emperador que trató de forzarlos a hacerlo, aunque luego desistió.
Calígula también trató de segregar a los judíos del resto de la
población asignándoles un barrio separado, pero tampoco lo logró.



    Es necesario señalar que los romanos en su relación con los judíos
distinguieron desde el primer momento  entre quienes habitaban en Judea
y en las demás partes del Imperio. La situación de los primeros siempre
fue peor que la de los segundos, no por razones religiosas ni
sociales, sino netamente políticas. El Imperio Romano siempre temía que
desde Judea surgiera algún líder o movimiento revolucionario que
pudiera amenazar y poner en peligro su seguridad. Quizás los romanos no
llegaron a comprender la sensibilidad religiosa de los judíos, pero la
respetaban, por lo menos en los primeros siglos de su convivencia.



    El primer contacto a nivel oficial entre judíos y romanos, después
de la Alianza de Amistad pactada en la época de Judá Makabi y renovada
en la de Simón, fue la imposición del tratado con los reyes Hashmoneos
(63 a.e.c.), que puso a Judea bajo la protección de Roma. Esta alianza
se renovó periódicamente, sin que  existan garantías de que los romanos
la cumplirían. Al principio la situación parecía buena, hasta que los
romanos descubrieron que la integración de los judíos dentro de su
imperio distaba de ser completa. En ese momento comenzaron a imponer
las medidas de seguridad necesarias como para sofocar cualquier
revuelta que pudiera surgir como exteriorización del sentimiento
nacionalista judío. Pero esto sucedió mucho tiempo después.



    Julio César mantuvo una política amistosa para con los judíos del
imperio, pese a que percibió las dificultades que podría tener esta
relación. Conservó todos sus privilegios, y  los amplió permitiendo la
eximición de lo impuestos para gastos militares.



    A los judíos les fue permitido recurrir a tribunales propios y
vivir según sus propias leyes. Si en cualquiera de las provincias surgía
un movimiento contra ellos, los responsables del mismo eran llamados a
comparecer ante los tribunales. César los defendió contra los griegos
de Alejandría, considerándolos como dignos de la confianza imperial.
Fuentes contemporáneas se quejan por el supuesto favoritismo de los
romanos para con los judíos egipcios. Pero cuando llegaron a conocer
mejor la esencia de su religión y la constante esperanza en la llegada
de un salvador o Mesías, surgió el rencor y la desconfianza, las buenas
relaciones fueron quedando en el olvido. Otra de las causas de este
hecho fue que en las altas esferas romanas la religión judía tenía cada
vez más aceptación y admiración, lo cual disgustó a los gobernantes.



    Sin embargo, la situación en Roma todavía era aceptable, si se
tiene en cuenta que tanto Bruto como Octavio confiaron en la fidelidad
de los judíos, autorizándolos a realizar el comercio marítimo y fluvial
en el río Nilo, cobrándoles solamente los impuestos correspondientes.
Así pudieron mantener su autonomía interna, recibieron la parte que les
correspondía en la distribución estatal del trigo y todos ellos,
incluyendo a los libertos, pudieron establecer nuevos centros de culto
para la práctica de su tradición.



    Octavio, ya conocido como Augusto, primer emperador, intentó
restringir y dominar el odio que estaba propagándose contra los judíos,
al menos en Italia; pero no pudo o no quiso impedir la actividad del
hostil procurador Poncio Pilato en Judea. Este hombre se propuso herir a
los judíos en su sentimiento religioso, y por eso ordenó la
colocación, con la obligación de veneración, de estatuas del emperador
en el Santuario y en toda la ciudad de Jerusalén. Cuando los dirigentes
del pueblo judío se presentaron en una audiencia para protestar contra
este hecho, los hizo esperar durante 5 días y luego les comunicó que
los haría masacrar si no dejaban de quejarse.



    Los griegos y egipcios del Asia Menor, pese a los privilegios
concedidos por los gobernantes romanos, trataron de amargar la vida de
los pobladores judíos. Los obligaron a participar del servicio militar y
trabajar en los días festivos. La muchedumbre irrumpió en las
sinagogas interfiriendo en el oficio divino, robando las Escrituras
Sagradas y cuanto objeto valioso encontraran. A pedido de los judíos,
Augusto reafirmó la orden de respetar sus privilegios en todo el ámbito
del Imperio, pero con su muerte la situación empeoró, tanto en Judea
como en el resto de las provincias romanas. Desde esa época, los
romanos intervinieron en la elección del Sumo Sacerdote. Ordenaron un
impuesto especial para las personas y otro a la tierra, poniendo
obstáculos al libre ejercicio de la práctica  religiosa.



    Tiberio presentía el gran peligro que representaba el judío para el
estilo de vida y culto romanos. El gran entusiasmo y espíritu de
sacrificio que empeñaban los judíos en difundir su judaísmo ejercía gran
influencia sobre los paganos, incluyendo a los mismos romanos. Muchos
de ellos se convirtieron al judaísmo. Como esto era intolerable para el
emperador, emitió un decreto el cual amenazaba a los judíos con la
deportación forzada si no abandonaban su credo. Así se suscitó el
primer martirio judío en el mundo occidental.



    Según un escritor de la época, el exterminio de los judíos era la
meta suprema de los gobernantes; y a tal efecto, miles de jóvenes judíos
fueron deportados a la isla de Cerdeña para ser utilizados en la lucha
contra los bandidos que asolaban la zona. Algunos consideran que la
expulsión se debió al antisemitismo de Sejano, ministro favorito del
emperador.



    Bajo el reinado de Calígula abiertamente o todavía en forma
solapada, suscitaron el odio contra los judíos. La debilidad moral del
emperador, juntamente con su maniática voluntad de ser considerado como
dios, generó toda clase de angustias para los judíos, quienes fueron
obligados a venerar estatuas del emperador. Toda resistencia ha sido
castigada muy severamente.



En la época de Claudio comenzó  la “generalización” respecto de los
judíos. Cualquier problema surgido por la acción de un individuo
constituía una amenaza para toda la colectividad y no solamente para el
que cometiera la trasgresión. Claudio introdujo la prohibición de 
formar congregaciones y los prosélitos del judaísmo fueron declarados
ateos, lo que en esa época equivalía a ser enemigo del estado, pudiendo
entonces ser castigado junto a la comunidad que lo acogiera.



    Vespasiano introdujo el "impuesto judaico", como forma de humillar
directamente a los judíos, hiriéndolos tanto en lo económico como en
sus convicciones religiosas. Todo el dinero recaudado se utilizaba en
el mantenimiento del templo de Júpiter Capitolino. Vespasiano comenzó la
guerra contra Judea, que fue terminada por su hijo y sucesor, Tito,
con la destrucción del Santuario y de toda Jerusalén, y con la completa
liquidación de la autonomía del pueblo judío en Judea. La crueldad de
los dos emperadores con los prisioneros, y la firme voluntad de
destruir todo lo que fuera sagrado para el pueblo judío, son bien
conocidas.



    Domiciano también agregó lo suyo a este esquema de persecución en
constante aumento; premió a todos aquellos que denunciasen a personas
dispuestas a convertirse e introdujo la confiscación de los bienes de
los prosélitos. Puso en vigencia un reglamento según el cual se podía
deportar temporariamente a los judíos de una ciudad o provincia. El
historiador Valerio Máximo señala que los judíos fueron expulsados de
Roma y, según Livio, también de toda Italia. Por esta época fue cerrado
el templo en Heliópolis. Trajano, poniendo en práctica esa ley,
expulsó a los judíos a la isla de Chipre.



    Las persecuciones llegaron a ser insoportables bajo Adriano, quien
prohibió la circuncisión, el culto y la enseñanza religiosa, suprimiendo
además todos los privilegios de los judíos, vedándoles la posibilidad
de vivir en Jerusalén. Contra estas restricciones estalló la rebelión
capitaneada por Bar Kojba y Rabi Akiba, que  fuera sofocada, y que
sirvió de pretexto para producir un empeoramiento en las condiciones de
vida.



    Sin embargo, aunque el odio seguía creciendo en todo el Imperio, en
ningún lugar alcanzó la misma magnitud como entre los griegos y los
egipcios de Alejandría. Ya hace mucho tiempo ellos contemplaban con
envidia cómo los judíos, debido a la confianza que les dispensaban los
romanos, ocupaban los cargos públicos más importantes, y lo
consideraban un favoritismo injusto. Los recaudadores de impuestos
judíos tampoco aumentaron la popularidad del pueblo judío. El  odio
latente así generado solo esperaba una oportunidad propicia para
manifestarse, empeorando el status general de los judíos en todo el
Imperio.



    Durante el primer siglo de la era común dicho odio era tan fuerte
que los judíos se veían obligados a separarse del resto de la población
y vivir en barrios  especiales.  Esta separación, en un principio
voluntario, se convirtió posteriormente en obligatoria y ningún judío
podía cambiar su lugar de residencia. También controlaron fuertemente
la inmigración, no permitiéndose a ningún judío establecerse en
Alejandría.  



   En el teatro municipal las mujeres de apariencia extranjera eran
obligadas a comer carne de cerdo, como una manera de determinar si eran
judías o no. Los judíos que vivían en Alejandría tenían solamente el
derecho de residencia, pero no los derechos de los demás ciudadanos. El
resentimiento deliberadamente agitado tenía por objeto disfrazar las
dificultades internas de la ciudad, sirviendo también como modelo a las
posteriores olas antisemitas producidas en la Edad Media.



    Los más importantes dirigentes antisemitas de esa época eran los
conocidos políticos de Alejandría: Dionisio, lsidoro y Lampón. El lema
principal de su movimiento tenía aparentemente un carácter político:
querían demostrar su apego a Roma y obtener el apoyo imperial o
gubernamental. Difamaron a los judíos manifestando que no eran fieles
al emperador, y que su organización comunitaria era un gobierno dentro
del gobierno, aguardando el momento para liberarse del yugo extranjero,
por todo lo cual merecían ser eliminados siendo obligación luchar
contra ellos.



    Alejandría tiene el muy dudoso mérito de haber establecido por
primera vez en la historia una disputa teológica. Flaco, el
representante del poder romano en la ciudad, Dionisio e Isidoro
participaron en una disputa contra "uno de los ancianos de la ciudad".
No conocemos el resultado, pero sí que la discusión adquirió un cariz
muy brutal, y tanto el consejo directivo de ancianos de la comunidad,
como la comunidad misma, fueron vituperados. 



    Isidoro fue el primer hombre en la historia que organizó un partido
político antisemita. Los judíos, según la opinión artificialmente
torcida de esos elementos alejandrinos, eran culpables de todos los
males que padecía el país. Por medio de su riqueza y solidaridad
interna procuraban dominar el resto de la población, por lo tanto
debían ser condenados a sufrir pagando de esa manera por el daño
causado. Esta teoría fue ampliamente utilizada mas adelante, por las
Iglesias Cristianas durante 19 siglos, siendo también una de las
principales armas de los antisemitas modernos.

    Pero en la época que comentamos, los principales divulgadores de
los prejuicios antijudíos eran los griegos, mucho más que los egipcios o
los romanos. Probablemente porque la superioridad judía en el comercio
tocaba los intereses griegos más que los  de cualquier otro pueblo del
Imperio. Además, fueron los griegos quienes, quisieron consolidar  el
culto a sus emperadores.



    Codo a codo con los dirigentes políticos mencionados, los
escritores Apión, Lysímaco y Chairemon hicieron todo lo posible para
divulgar el odio contra los judíos. La magnitud de este odio tornose
evidente en los episodios relacionados con Agripa, hijo de Aristóbulo,
asesinado por Herodes y favorito  del Emperador Calígula. En el año 38
Agripa, sin invitación alguna, llegó a Alejandría y se autoproclamó
como patrón y defensor de los judíos. Su comportamiento y su vestimenta
provocaron disgusto entre los habitantes de esta ciudad, quienes
representaron una obra teatral burlona e irónica a raíz de la cual el
populacho decidió erigir la estatua del emperador en cada sinagoga,
para que los judíos la venerasen. Este acto no fue dirigido contra la
religión judía, sino contra los judíos como personas, y tuvo la
intención de poner en evidencia la lealtad de los gentiles y la
deslealtad judía hacia el emperador. Calígula, convencido de su origen
divino, recibía entusiasmado estas muestras de adoración. Sinagogas y
casas aledañas fueron incendiadas.



    El gobernador local mantuvo conversaciones con los dirigentes
judíos con el fin de recuperar la calma perdida, pero esas tratativas
resultaron infructuosas ya que el propio gobernador era partidario del
odio reinante. Como represalia aún mayor, este funcionario dispuso
quitar a los judíos el derecho de residencia, lo cual equivalía a
dejarlos a merced de sus enemigos. Se les prohibió la observancia del
sábado, privándolos de todos los privilegios que les habían concedido
los romanos.



    Este movimiento se podría considerar como el primer pogrom de la
historia. Todos los judíos fueron obligados a vivir en una zona muy
reducida de la ciudad, habiendo sido incendiados y saqueados todos los
negocios y casas de su propiedad fuera de este  barrio.  A los
habitantes  del ghetto se les prohibió terminantemente que hicieran
abandono del lugar aún para buscar comida, y como consecuencia, en poco
tiempo más, reinaban allí el hambre y las epidemias.



    Los barcos de los mercaderes judíos que llegaban al puerto local
fueron quemados, y la mercadería robada. Los dirigentes de la
colectividad fueron capturados, detenidos y torturados públicamente. No
sabemos cómo terminó este pogroms, pero sí que su origen fue la pieza
teatral burlesca ya mencionada. 



    La historia de estos tristes acontecimientos nos ha llegado a
través de las obras de Filón, jefe de la delegación encargada,
infructuosamente, de convencer al emperador sobre la necesidad de
otorgar ciudadanía a los judíos y protegerlos contra las injurias.
Mientras se  hallaba desempeñando esta misión, fue varias veces
humillado. Durante su misión le llegó la noticia que el Santuario de
Jerusalén fue ocupado, y la estatua del emperador fue erigida allí,
como en otros lugares de Jerusalén, con el anuncio de que toda
resistencia seria reprimida por las armas.



    Los emperadores que sucedieron a Calígula trataron de restablecer
una relación tranquila con los judíos de Alejandría.  Especialmente
Claudio se destacó en esta actitud conciliadora, al devolver el
privilegio del descanso sabático y decretar la prohibición que fuesen
molestados durante los oficios religiosos. También les permitió la
observancia de las leyes dietéticas, pero jamás se les otorgó el pleno
derecho de ciudadanía. La inmigración judía desde Siria y Egipto fue
limitada, con el pretexto que los judíos eran portadores y propagadores
de epidemias.



    Tenemos datos de otra agresión llevada a cabo alrededor del año 66
e.c., en la que murieron muchos judíos; según algunas fuentes, casi
50.000 personas. Este ataque tuvo como punto de partida la acusación de
espionaje formulada contra un individuo judío. La matanza sólo pudo ser
sofocada mediante el envío de tropas desde Roma.



    Los judíos en Egipto desde mucho tiempo atrás fueron obligados a
pagar un impuesto per cápita más elevado que los otros residentes.
Después de la destrucción del Templo debieron pagar un impuesto
especial, que reemplazaba la contribución voluntaria del medio shekel
anual al tesoro del Templo.
III. LAS ACUSACIONES


     En el capítulo anterior hemos presentado algunos acontecimientos
históricos dirigidos contra los judíos, como demostración del
antisemitismo existente en la Antigüedad. Una lección de la historia
universal nos enseña que para justificar determinados sucesos son
necesarios argumentos, verdaderos o falsos, con los cuales se pueda
movilizar la masa de hombres sencillos. Se prepara así  espiritualmente
el terreno para que, sobre la base de ese odio y desprecio ya
esparcidos, pueda florecer la violencia. Fueron los escritores,
oradores, políticos y demagogos, hombres de espíritu y de palabra,
quienes ejecutaron esta tarea de agitación mucho más nociva que la
violencia misma, durante todo el periplo de la historia judía.



    Esa clase de propagandistas del odio tuvieron una activa
intervención en las persecuciones de la Antigüedad. Antes de tratar las
verdaderas causas del antisemitismo de aquella época, veremos
sucintamente cuáles eran las acusaciones que se formulaban como
propaganda dirigida y organizada para fomentar el odio.



    En las fuentes históricas de la época se encuentran imputaciones tales como:
- "los judíos consideraban a
todo aquel que no fuera judío como su enemigo. Tenían hostilidad
indiscriminada contra los gentiles. Eran inhumanos. No querían sentarse
a la mesa ni compartir su comida con nadie que no fuera judío. No
entablarían amistad con un gentil, ni le mostrarían el camino que lo
conduce a la fuente" (Juvenal).



- "Eran ateos y carecían de costumbres religiosas
perceptibles. Eran un pueblo militante respecto a la divulgación de su
religión, despreciando a los dioses de los demás pueblos. No
participaban del culto estatal, ni ofrecían sacrificios a los
emperadores, despreciando las costumbres nacionales. Eran gente con
temeridad y desenfrenada locura" (Tácito).



    Una parte muy importante de las acusaciones se referían
específicamente a la religión y práctica. Decían que los judíos
deificaban al asno o al cerdo. Veneraban a su dios con sacrificio
humano o bien de animales domésticos. La observación del descanso del
día de  Shabat (sábado) era solamente por pereza, y que era un día
dedicado a la holgazanería (Séneca). También se decía que perdían una
séptima parte de su vida en sentarse a la luz de una pequeña lámpara
comiendo dulces sin hacer nada. Que ayunaban sin saber por qué; y que
no trabajan en los séptimos años porque eran perezosos.



No comían carne de cerdo porque les recordaba a la lepra por la cual
habían sido expulsados de Egipto, o según otra acusación, por
brujería.  



La circuncisión era considerada como una señal de su brutalidad y
salvajismo. En resumen, el judaísmo era la base de muchas
insensateces;  y su primer legislador, Moisés, no era judío sino
egipcio. 



    El tercer grupo de acusaciones se refería a su comportamiento como
hombres de la sociedad y como ciudadanos. Mencionaba que no merecían
ningún respeto porque su origen era impuro; y como pueblo fueron
expulsados por ser leprosos. No contribuían ni se adaptaban a la
cultura, desconociendo hasta el idioma vernáculo. Eran ladrones y
cobardes, misántropos, bruscos e impetuosos.  No conocían las
restricciones de la moral en su vida en común. Eran sucios y
desaliñados; un olor desagradable emanaba de su cuerpo. Eran sacrílegos
por que destruían los altares de las otras religiones. Divulgaban la
magia. Eran astutos, malignos y engañaban a los demás. También los
acusaban de provocar los incendios de las ciudades. No consideraban a
sus compañeros y vecinos como sus hermanos y a su morada como su
patria. Eran oportunistas porque en caso de guerra civil apoyaban a 
todo bando que suponían iba a ser  victorioso. Apoyaban y aprobaban la
opresión del  pueblo por su gobierno,  pero al mismo tiempo eran falsos
en su fidelidad hacia la autoridad. Querían la igualdad de derechos,
sin participar de las obligaciones.



    Trataremos de explicar el por qué de estas acusaciones.

    Los judíos, durante casi toda su historia en la Antigüedad, vivían
como una minoría, estando sometidos a la opresión de los sectores
mayoritarios. El simple hecho de vivir en forma distinta irritó a sus
conciudadanos, suscitando adversidad, rencor y persecución.



Esta vida transcurría  predominantemente en barrios, elegidos
voluntariamente por ellos mismos, para poder cumplir más estrictamente
con sus preceptos. La vida interior de estos barrios provocaba temor y
desconfianza, o repugnancia y desprecio. Cada persona consideraba que 
era su destino como individuo y como pueblo cumplir por convicción y
por mandato divino resistir a la masificación.  Esta actitud ofendía a
las mayorías sumisas, a veces carentes de convicciones, que escuchaban y
obedecían  mecánicamente los mandatos de un jefe y de sus costumbres
ancestrales.



   Los ataques contra el judaísmo en el terreno intelectual se suelen 
clasificar en tres grandes rubros: los que cuestionan sus orígenes; los
que enumeran deficiencias casi congénitas de orden moral o espiritual y
los que quieren demostrar que las leyes son intrínsecamente
imperfectas y muy inferiores a las de los otros pueblos.



    Los antisemitas de la Antigüedad pusieron mucho empeño en negar los
orígenes atribuidos al pueblo judío.  En aquella época negar el origen
noble de un pueblo o explicar su procedencia en forma ignominiosa,
descalificaba totalmente al individuo perteneciente a ese pueblo, por
muy altos que fuesen sus merecimientos propios.  La importancia de
tener ancestros esclavos en una sociedad estratificada  y llena de
prejuicios implicaba, según creían, que solo podían tener un
comportamiento innoble y vil. 



Las masas en realidad entienden poco de genealogía, pero en cambio
perciben y asumen fácilmente las acusaciones referentes a hechos
cotidianos, a modalidades religiosas desaprobadas o a conductas que
manifiestan una marcada diferencia con las que ellas practican y
consideran como norma única y verdadera. Si, por añadidura, esas
diferencias se explican sobre la base de un origen vergonzoso, resulta
aún más sencillo descalificar a este grupo de individuos, sembrando la
semilla del odio  y afirmando que su presencia en el seno de la sociedad
era un escándalo para las costumbres generales.  Su ética o falta de
ética, y su religión, ofenden las creencias y costumbres admitidas y
sancionadas. Pero ¿qué otra cosa se puede esperar de los judíos?  Son
inferiores y su origen es infame, por lo tanto, ni siquiera se puede
esperar que se adapten o se integren a la sociedad.



    En esta dirección iban preparando el camino para que las 
acusaciones de carácter político sean aceptadas: los judíos son
peligrosos  por carecer de un sentido de ciudadanía y por sus prácticas
religiosas disolventes. Es evidente que en la población de Alejandría,
los "nobles" griegos o egipcios merecían todo respeto, mientras que los
judíos sólo el desprecio porque jamás se asimilaban, ni se permitían
hacerlo en un futuro.            

              

    Para justificar este desprecio y odio, empezaron a inventar
historias referentes al pasado de los judíos. Uno de los temas favoritos
de esas historias era la estadía y posterior expulsión de los hebreos
de Egipto y el papel que desempeño Moisés en ese proceso. Una fuente de
la época encontró una relación entre el triunfo de los egipcios sobre
los hicsos y la expulsión de los judíos, quienes habrían sido los
favoritos de los invasores. Otra explicación cuenta la victoria de los
partidarios del culto antiguo, politeísta, sobre el culto monoteísta
del Sol, y dado que los hebreos eran monoteístas, los egipcios no
pudieron soportarlos más y los castigaron con la esclavitud y luego con
la expulsión.



    Estas afirmaciones pudieron tener veracidad histórica o no; pero de
ninguna manera eran verdaderos los infundios que se hicieron circular
sobre enfermedades como la lepra, la peste u otras epidemias, que
habrían padecido los judíos y por la cual fueron forzosamente
expulsados. Esta versión tendenciosa y humillante se encuentra en las
obras de Manetón, Chairemón, Lysimacho y Apión quienes, además de
procurar avergonzar a los judíos, querían mejorar sus propias
relaciones con los egipcios. 



    Manetón fue el primero quien comenzó a difundir esta versión sobre
el origen e historia de los hijos de Israel, describiéndolos como seres
retardados, leprosos; a quienes en determinadas épocas los egipcios
arrojaron de su país por el temor de que contaminasen su población. 
Después de haber relatado la liberación de la esclavitud y la huída de
los esclavos a Canaán, escribe: "Su legislador llamado Osarsiph, un
sacerdote de Osiris venerado en  Heliópolis, al cambiar el nombre de la
nación a formarse cambió también el suyo propio adoptando el de
Moisés". 



    Poseidonio también trató este tema con ligeras variantes. Para este
autor, los egipcios habían acusado a los hebreos de ser impíos de
espíritu y detestables, y los expulsaron como "leprosos espirituales". 
Estas acusaciones fueron consideradas suficientes como para atribuir
un origen infame a los judíos y así exponerlos al odio de las masas.



    En la mentalidad antigua, una legislación no se aprobaba por su
excelencia. La dignidad y superioridad quedaba comprobada por el
carácter e importancia del legislador y por el origen que se le
atribuía al código recibido.  Al sostener que el legislador, Moisés era
de raza y origen egipcio y sacerdote de un templo gentil de
Heliópolis, ofendía no solamente a la personalidad de Moisés, sino que
despreciaba indirectamente las leyes que a él se le atribuían, y de
esta manera trataron de destruir el orgullo de la nación que las
consideraba como suyas.



    En el segundo grupo de acusaciones que hemos mencionado se
encontraba  obsesivamente presente el carácter poco sociable de los
judíos. También aquí se pueden encontrar explicaciones históricas: la
encarnizada resistencia judía, bajo el comando de los Macabeos contra
la helenización llamó la atención de sus contemporáneos. Ya en el siglo
II antes de la era común, el estoico Poseidon de Apamea, al relatar el
sitio de Jerusalén por Antíoco Epífanes, le atribuye la intención de
avasallar por completo la raza judía, única entre las naciones que se
negaba a mantener relación social alguna con los otros pueblos y a
quienes consideraba irremediablemente como sus enemigos.



    Se necesitaba “fabricar” un pretexto. Antíoco mismo dijo ser
testigo de que anualmente los judíos apresaban a un griego, lo
engordaban y luego lo llevaban a un bosque para sacrificarlo de acuerdo
con los ritos judaicos, consumiendo sus vísceras. Al  inmolarlo,
renovaban el juramento de eterna enemistad y odio contra los gentiles.
Es suficientemente conocido que esta acusación es la transferencia
sobre los judíos de una costumbre habitual entre los pueblos
primitivos: la de sacrificar verdadera o, al  menos simbólicamente, a
sus adversarios para apoderarse de su fuerza o para provocar su
destrucción. Si bien es una superstición muy primitiva, siempre demostró
ser un eficaz instrumento para reavivar las chispas del odio.



    Con ciertas variaciones en los detalles, Lysimacho de Alejandría,
Poseidonio de Apamea y otros autores retomaron esa fábula, que resultó
importante como propagadora del desprecio hacia. Igual que la
imputación de ser portadores de la lepra  conllevaba la idea de
impureza, asociada a la calumnia adicional  de ser un grupo
completamente insociable. Según Lysimacho, Moisés mismo exhortó a los
judíos a no mostrar benevolencia hacia nadie y destruir cualquier altar
de los dioses que encontrasen. Hecateio de Abdera escribió: “Moisés
instituyó para los judíos un estilo de vida contrario al humanismo y a
la hospitalidad". Otros autores griegos, como Diodoro de Sicilia,
Filóstrato, y autores latinos como Pompeio Trago y Juvenal, mantenían
viva la acusación que se encuentra resumida en forma lapidaria en el
célebre pasaje  de Tácito: “Los judíos mantienen entre si una visión
obstinada, una activa conmiseración que contrasta con el rigor
implacable que alimentan hacia los demás hombres. Nunca comen, jamás se
acuestan en presencia de extranjeros y esa raza, aunque muy inclinada
al libertinaje, se abstiene de todo trato con  mujeres extranjeras”.



    Los pueblos que aspiraban a tener una buena organización política y
social siempre adoptaron una ley, sobre la cual desarrollaron sus
actividades. Las naciones antiguas, los egipcios, los griegos y los
romanos, para dar firmeza, respeto y distinción a su legislación, le
atribuyeron a la misma un origen antiguo y divino. Estaban convencidos
de que una ley de origen humano carecería de la suficiente validez y
resultando inferior a las de origen divino. Siguiendo esta línea de
razonamiento, los autores egipcios, griegos y romanos proclamaron la
legislación judía de origen humano, de Moisés, concluyendo que no podía
ser buena, ni la gente que la aceptaba, correcta. Así surgió la
acusación: los judíos, quienes, guiados por su legislación mosaica, son
peligrosos por su carencia de sentido de ciudadanía y por sus prácticas
religiosas. 



    La negativa de los judíos a levantar imágenes de los emperadores en
sus lugares de culto fue interpretada por los pueblos como una falta
de patriotismo. De igual manera fue considerada la resistencia judía a
servir en los ejércitos y la negativa de participar en los gastos de
mantenimiento de los mismos. También fue muy mal vista la intención de
obtener la igualdad civil y política total, sin participar de las
obligaciones..



    La ausencia de imágenes en las sinagogas era un hecho
incomprensible para los gentiles. No se concebía, ni siquiera la
posibilidad de que se adorara a una divinidad irrepresentable y de que
el templo fuera el lugar elegido para la manifestación de fe en un Dios
Invisible. En esta época, la gente no podía entender la existencia de
una forma de religiosidad sin imágenes, aun si  estas imágenes no
fueran más que una cabeza un animal, sin valor alguno. La deducción
continuaba así: si los judíos “expulsaron” las esculturas u otras
representaciones de sus templos; allí no se practicaba la piedad sino
el ateísmo.  La pregunta era ¿qué tipo de legislación corresponde al
ateísmo o para aquella época, que legislación surge de una persona “sin
religión?  Ninguna.



    La legislación judía era prácticamente inaceptable para los
romanos. Tener  en el mismo libro y con el mismo valor la legislación
religiosa-nacional y la social, era algo que no se había visto nunca y
que no se comprendía. Nunca, en su extenso imperio habian visto otros
pueblos que estuvieran sometidos a tantas prohibiciones como el pueblo
judío. Frente a este pueblo educado en las prohibiciones y en la
represión de los instintos se alza la visión helénico-romana sobre el
mundo que afirma la libre y desenfrenada realización de los instintos
en la vida.  Jamás comprendieron que el sistema de represión de los
instintos, juntamente con otras prescripciones, había unido a los
judíos en una comunidad organizada, mientras la cultura greco-romana se
disgregaba en el individualismo absoluto y aislado.



    Un judío no tomaba del vino de un pagano, ni se sentaba a la mesa
con él. La segregación ritual en el consumo de alimentos envenenó la
intimidad de las relaciones sociales. Si un gentil quería casarse con
una judía, la familia de ésta exigía la conversión, no sólo del
individuo afectado, sino también de toda su familia, o por lo menos a
renunciar a los lazos familiares. Los antisemitas detestaron todo lo
que no fuera uniforme y no admitieron, por lo tanto, la existencia de
grupos que no quisieran renunciar a su particularidad. Insistieron al
afirmar que los judíos, por ser diferentes de los otros, merecían el
menosprecio y el odio. Al rechazar las costumbre comunes, los judíos
significaban un peligro de disolución social, por lo tanto había que
luchar contra ellos. 



Es necesario destacar aquí la indignación que manifestaron ciertos
autores antiguos por el proselitismo practicado por los judíos.



La religión judía atrajo adeptos por su antigüedad, sus ritos
exóticos, su vocabulario foráneo y por el prestigio resultante de
aquella concepción que la sabiduría proviene del Oriente. Muchos se
acercaron por estas ideas, por el alto nivel de la moral o por su
singularidad, se incorporaron al judaísmo por propia voluntad, sin que
mediara el proselitismo.



    Los ataques contra la religión judía mencionaron siempre los ritos y
las manifestaciones exteriores, ya que los antisemitas eran incapaces
de comprender el significado de estos actos del culto, falseando
sistemáticamente su contenido. La síntesis del argumento de los autores
antiguos respecto de dicha religión era: los judíos tienen un
comportamiento religioso distinto al nuestro; por lo tanto están
equivocados y, desde ya, son inmorales.



    En esa época, ya era conocida la idea "cuius regio eius religo[2]". 
Cada cual debía profesar y adoptar la religión del país donde vive.
Más tarde, esta norma también fue recogida por las autoridades de la
Iglesia. Si los judíos querían vivir en un cierto país, debían
acomodarse a los usos religiosos de ese lugar. Si no, tenían que 
sufrir por su negativa a aceptar la religión estatal. Los griegos y los
romanos no pudieron soportar que un pequeño pueblo, aislado y débil,
dudara de sus creencias más sagradas y que alegaran que las Escrituras
Hebreas eran las únicas que contenían la verdad divinamente inspirada. 




    El enigma y el misterio que surgieron alrededor del culto judío y
de la circuncisión, causaron también miedo y odio, aunque por distintas
razones, entre los pueblos antiguos. En otras comunidades también se
practicaba la circuncisión, pero solamente corno una señal de
privilegio social o sacerdotal y esta práctica no era extendida a todo
el pueblo. La practicaban los príncipes, los sacerdotes y los guerreros
distinguidos, mientras la masa miraba con envidia a quienes recibían
esa marca del privilegio, con esta solemne iniciación.



    En otras partes del mundo antiguo consideraban la circuncisión como
una forma de la castración. Juzgaban a los judíos como crueles,
sosteniendo que si el padre judío era capaz de castrar a su propio
hijo, tanto más daños podrá causar a un no judío. Según algunos autores,
esta idea bien pudo servir como antecedente de la acusación del crimen
ritual.



     Algunos pueblos vencidos sumaban los dioses romanos a los suyos
propios o al menos cambiaron algunos detalles al adoptar los nombres
romanos a sus divinidades. Cabe la pregunta ¿Por qué adoptaron una
actitud distinta con la religión judaica? La posible respuesta es que
los judíos tenían convicciones religiosas más firmes. Divulgaban con
orgullo que sus leyes tenían origen divino, por lo cual eran
irreductibles y no admitían concesión alguna. Tampoco aceptaban que
Dios fuera identificado con cualquier divinidad olímpica, imperial u
oriental. Por supuesto, rechazaban la denominada religión universal,
que se abría paso en la mente de los filósofos. Todas estas conductas
judías irritaban a los pueblos con quienes ellos convivían y en
particular a los gobernantes romanos. 



    Buscando las raíces del antisemitismo en Alejandría, donde
convivieron dos culturas: la helénica, nutrida por la tradición del
Antiguo Egipto y la judía, encontramos que el creciente nacionalismo
egipcio imponía la pretensión de restaurar las viejas tradiciones
culturales y religiosas, y que tenían que ser acatadas por toda la
población. Los descendientes greco – romanos tenían menos afinidad
intelectual, pero  eran los invasores y los dueños del país, mientras
que los judíos nunca llegaron a ser políticamente influyentes. Quizás
los recuerdos glorificados del Éxodo hirieron la susceptibilidad
nacional de los egipcios, y el odio no era, sino la descarga del
resentimiento que la población sentía contra los conquistadores, a
quienes los judíos aceptaban.



En el Imperio Romano algunos creyeron descubrir alguna semejanza entre
la religión judía y el culto de Dionisio, perseguido en aquellos
tiempos. Fueron identificadas ambas creencias en una sola, acusando a
los judíos de haber divulgado el culto de Dionisio en el Imperio. ¿En
qué se basaba semejante comparación?  Los seguidores de Dionisio
practicaban su culto en secreto, en general por la noche y únicamente
entre iniciados. Su concepto sobre el pecado y sobre el perdón de los
pecados era parecido al de los judíos. Roma se opuso oficialmente a
este culto y condenó en forma severa a sus prosélitos. La coincidencia
entre judíos y seguidores de Dionisio era casual y muy superficial,
pero la aversión y la animosidad contra este culto influyo sobre los
sentimientos romanos hacia el judaísmo. 



    Los intelectuales de la época, sin duda alguna, no pudieron captar
el concepto del Dios concebido por los judíos. Este Dios gobierna el
mundo, según leyes rígidas y eternas, imposibilitando la formación de
toda mitología, puesto que excluía la noción del juego incierto y
misterioso del destino. El Dios de los judíos era – y es -,
efectivamente, único en su género, y bajo este aspecto no podía ser
comparado con los dioses de ningún otro pueblo. El origen de todas las
demás religiones estriba en el sentimiento, en el enlace con la
naturaleza y en la inseguridad del destino. El pueblo judío ha
reprimido todos estos sentimientos para llegar a creer en el Dios de la
razón, de la ley, del Dios lógico. Esto explica por qué la religión
judía no tiene sus raíces en la vida, sino, por el contrario, se
propone “formar” la vida según las leyes divinas. El judaísmo con su
Ley, erigida en Dios y con su Dios erigido en la Ley, se opone a todos
los dioses de los demás pueblos.



    Algunos autores antiguos llegan a una sorprendente conclusión: los
judíos son ateos. Su franca oposición a las otras divinidades, su
eterna negativa a ofrecer sacrificios en  los altares estatales eran
razones suficientes como para considerarlos raza impía. Cuando Pompeyo
penetró audazmente en el Templo, en el año 63 antes de la era común,
comprobó que en su interior no se veía imagen alguna, ni
representación  de alguna divinidad, que la casa se hallaba vacía y que
los secretos de su santuario no eran tales.  Los hebreos, al no ser
adictos a un  dios visible, eran considerados ateos; y esto equivalía, a
la sazón, como un crimen.



    Aun que no nos llegaran documentos sobre la hostilidad a los judíos
por razones económicas, podemos suponer que al igual que en otras
épocas, también en la antigüedad había este tipo de justificaciones para
el antisemitismo. Ningún autor de la época habló sobre la usura o las
opulencias judías. Según una teoría, el origen del antisemitismo se
remonta al supuesto hecho de que los judíos conquistaron y
monopolizaron en todos los países el comercio y las finanzas. Con ello
se aseguraron riquezas e influencias. El separatismo judío, que de por
sí despertaba odio, cobró un acento peculiar debido a una cierta
superioridad económica, manifiesta como una unidad económica
herméticamente cerrada e impermeable para los extraños, por encima de
las masas oprimidas.



    Al tener un judío o una comunidad judía en particular éxito en el
comercio, suscitaban inmediatamente envidia y celos de aquellos que no
habían escalado a la misma posición, desde la antigüedad hasta  las
épocas actuales. Recuérdese que en el Medioevo, los contribuyentes no
odiaban tanto a los recaudadores judíos de impuestos, como aquellos que
aspiraban a reemplazarlos. Cuando los judíos pusieron las bases del
comercio internacional, nadie les dio importancia y nadie quería
arriesgar bienes, pero cuando esta actividad les trajo beneficios,
fueron acusados de comerciar solamente entre ellos mismos, y porque se
reservaron, de hecho, el monopolio de esa profesión. El aumento de la
influencia económica judía no era visualizado como agente transmisor de
la afluencia de bienes y de prosperidad para la ciudad o el país, sino
contrariamente, como hecho generador de odio contra los que lo traían.
Hablar sobre la riqueza judía en esa época era tan incorrecto como
decir que todos los judíos eran ricos. Los había ricos, pero la mayoría
pertenecía a las clases media y baja.  No todos eran comerciantes o
banqueros, y sin embargo, su actividad económica pudo ser considerada
factor contribuyente del odio que despertaba entre las masas.



    El problema de los judíos que vivían en Judea no era con Roma, ni
con los emperadores, sino con sus delegados locales y con los
procuradores. Los judíos debían someterse al poder romano que se
manifestaba por su intermedio, y cuyas manos eran abusivas, oprimentes y
ofensivas. Acrecentaban arbitrariamente tributos, ya de por sí
excesivos, para su propio beneficio, y lo que era aún más penoso, cada
vez con mayor sadismo ofendían los sentimientos nacionales y religiosos
del pueblo, tratándolos como si fueran esclavos. Poncio Pilato, por
ejemplo, introdujo las imágenes del emperador en la ciudad de
Jerusalén, y para apagar la naciente sublevación, mandó ejecutar a
millares de judíos. Otro procurador romano, Félix, contrató hombres para
asesinar al Sumo Sacerdote, por venganza, dados los constantes
reclamos de éste para que dispensara un mejor trato a los judíos.



    Los procuradores creyeron contar con carta blanca para hacer lo que
mas les gustase. Desde su asiento en Cesárea, administraban como
monarcas absolutos, contando con sus propias tropas para imponer su
voluntad. El carácter de algunos de estos funcionarios era
aterradoramente irresponsable, y no tenían capacidad para entender los
puntos de vista de los judíos. ¿Qué podían hacer con un pueblo que se
plantaba decididamente frente al palacio del procurador y declaraba su
disposición a sacrificar su propia vida antes de permitir que los
estandartes con la imagen imperial se llevaran en triunfo por la Ciudad
Santa? ¿Cómo se podía mostrar paciencia ante un predicador ambulante
que prometía  a sus adeptos la liberación por orden divina? ¿Se podía
creer seriamente que este predicador, que atraía multitudes, hablaba
solamente de un reino que no era de este mundo y que no abrigaba
intenciones de rebelión contra el Imperio Romano?



    Los rumores que circulaban sobre el origen y las costumbres de los
judíos, que hemos detallado antes, no ayudaban a inclinar el ánimo en su
favor. Muchos funcionarios romanos vinieron a Judea con el preconcepto
del odio nacido de la influencia antijudía de los griegos y egipcios y
por el muro contra el que se estrellaban ante una mentalidad
espiritual radicalmente distinta a la que estaban acostumbrados. Para
ellos había una incompatibilidad religiosa y cultural entre los
gentiles y los judíos, entre el politeísmo y el monoteísmo, entre la
satisfacción epicúrea y el ascetismo judío. Cada uno de los
procuradores puso en práctica nuevos suplicios para subyugar a los
judíos, ya no con la mira de acrecentar su explotación, sino para
irritarlos y provocar una rebelión que justificaría un ataque del
ejército romano y demostraría su poderío. No hubo límites para los
insultos, ofensas o injurias, hasta que por fin llegó lo inevitable: la
destrucción del Santuario y la eliminación de la independencia
política que aún conservaban parcialmente.



Roma había subyugado a muchas naciones y sus habitantes, hoscos o
resignados, aceptaban el dominio romano, obedeciendo a las leyes
impuestas. Tan solo los judíos, con su extraordinaria pasión por la
libertad y especialmente por la libertad religiosa, se mantenían
irreconciliables.  Los romanos continuaban estrechando su sistema de
opresión, pero a cada vuelta de torniquete, la ira y el resentimiento
de los judíos se hacían más intensos. Impotentes contra el poder del
tirano, se encerraban cada vez más en sí mismos, y su exasperada
esperanza de libertad giraba en el vacío, alimentando las esperanzas de
una inmediata intervención divina. Flotaba en el aire la idea de que el
tiempo estaba maduro para el advenimiento del gran Libertador, del
Mesías,  del Rey, retoño de David, quien salvaría a su pueblo de la
opresión. Las ideas de rebelión circulaban agitadamente y cualquier
reunión podía tomar un giro sedicioso. El anhelo mesiánico inspiraba al
pueblo judío en todo el imperio. Judea era como un polvorín y los
romanos sofocaban con la máxima crueldad cualquier chispa que pudiera
provocar un incendio.



    En sus orígenes el pueblo judío era completamente igual a los
demás. Aprendieron lentamente a cultivar la tierra y las artesanías,
siguieron desarrollándose con altibajos hasta que pudieron establecer un
reino, un estado, pero que nunca se transformó en un imperio.  Los
judíos no tenían ningún rasgo especial que los diferenciara de los
otros pueblos, y por eso mismo resulta sorprendente que mientras
aquellos han desaparecido, los judíos sobrevivieron a lo largo de la
historia. Creemos que este milagro es explicable únicamente por razones
espirituales o intelectuales poco difundidos. Se dieron cuenta de que
los ideales transmitidos por Moisés primero, por los profetas, y luego
por los rabinos y los maestros, tenían una gran fuerza sostenedora. Ese
descubrimiento les permitió soportar las persecuciones y les dio la
convicción de que valía la pena sufrir.  Sufrían, no por ser
inferiores, sino por querer divulgar la enseñanza divina y cumplir la
misión a ellos confiada. Su vida transcurría de tal manera que cada
minuto estaba dedicado al servicio de Dios. La religión y el sentido
nacional compenetraron su ser, regularon su vida y los transformaron en
algo incomprensible para todos los observadores externos. El apego por
la Torá, por la enseñanza, y su observancia hizo surgir entre ellos el
sentido de la hermandad, pero al mismo tiempo, los separó de los demás
pueblos. Cada judío, al cumplir con los preceptos, sabia que sus
hermanos de otras ciudades, de otros países practicaban el mismo culto y
esto los hacia sentir como una comunidad, un único pueblo. Estaban 
convencidos de que solamente así podían asegurar su supervivencia.
Consideraron que la observancia no era una carga sino una obligación
honrosa, y la sentían como su misión eterna para mejorar a la humanidad
toda.



    Muchos historiadores preguntan, por qué el pueblo judío no pudo o
no quiso acomodarse, o al menos adaptarse, al Imperio Romano. Todos los
pueblos subyugados lo habían aceptado, menos el judío. Quizás la razón
esté en el tremendo abismo que separaba el concepto de vida de los
judíos y de los romanos. 



    Sin embargo algunos siglos antes, los judíos convivieron con los
griegos. Hubo luchas ardorosas y prolongadas entre ambos pueblos, pero
al final el pueblo judío consiguió su libertad política y religiosa.
Ambos pueblos pudieron interconectarse intelectualmente y se influyeron
recíprocamente.  A pesar de saberse diferentes, esa capacidad de
convivencia  permitió la transmisión de sus valores característicos en
beneficio mutuo.



Con Roma la situación fue diferente. El pueblo judío no había recibido
la enseñanza de Horacio y Virgilio, ni el famoso derecho romano. El
Imperio Romano no se presentó en Judea como portador de cultura, de
intelecto. En nombre de Roma se presentaron feroces soldados, muchos de
ellos de raza teutónica, procuradores inhumanos e infames, 
explotadores y recaudadores de tributos. Los judíos no se sintieron
honrados por haber sido incorporados al Imperio Romano, tal como
sucedió con muchas de las naciones que sufrieron la misma suerte. Por
otra parte, el nacionalismo judío hervía al constatar cómo los
extranjeros estaban pisando el polvo de la Tierra Santa. Cuando
compararon sus propias leyes, costumbres y tradiciones con las del
opresor, el resultado fue doloroso. El supremo valor y objetivo de la
vida era el amor al prójimo, la solidaridad social, la fe en la
justicia divina, y en la esperanza en el mejoramiento del mundo. La
misión del hombre era el trabajo para lograr esa meta. El aprecio por
el ser humano, la intelectualidad y el descanso sabático, eran
conceptos completamente desconocidos y sin valor para los romanos.



    Los invasores fueron percibiendo poco a poco el sentimiento de
rechazo de los judíos hacia ellos. Se dieron cuenta de que este pueblo
subyugado permanecería por siempre ajeno, en una independencia
espiritual que no tardaría en derivar en intentos de emancipación
política. Todos los pueblos sometidos contribuyeron espiritualmente en
algo al Imperio, y los romanos se mostraron agradecidos, de manera tal,
que mandaron construir templos en Roma en homenaje a los dioses de
estos pueblos vencidos. Contrariamente, los judíos no exigieron templo
en Roma, ni lo admitieron. Pagaban sus impuestos y contribuciones,
cumplían con los reglamentos estatales, pero no entregaron su espíritu,
no sacrificaron su tradición, sus costumbres ancestrales, ni su
religión nacional. Los romanos comprendieron  que por mas presión que
ejercitasen, el judío seguiría siendo judío por voluntad propia, porque
se quería sentir elegido. Los romanos pretendieron quebrantar esta
resistencia espiritual, y esa acción  empeoró más rápidamente la
convivencia.



    Para completar este cuadro cabe mencionar, que los grupos
conservadores de Roma responsabilizaron a los judíos por el
desmoronamiento progresivo de los principios morales tradicionales y
opinaban, - como Tácito -, que los judíos constituían una amenaza para
el orden establecido, pues subvertían sus tres pilares fundamentales:
religión, patria y familia.  Otros temían por la desaparición de la
civilización antigua, que tanto amaban y apreciaban.


IV. LAS FUENTES


    Los intelectuales de la época no tenían un real conocimiento sobre
los judíos. Casi ninguno de los escritores, historiadores o filósofos,
conocía la Biblia, ni las demás fuentes del judaísmo. Eran famosos por
su superficialidad y se conformaron con repetir las acusaciones de los
anteriores. Como consecuencia, las descripciones que realizaron sobre
la vida y costumbres del pueblo judío estaban llenas de errores, fruto
de la ignorancia.



    En las primeras fuentes literarias que mencionan a los judíos no se
encuentra ningún rasgo de agresividad contra ellos, sino más bien una
curiosidad benévola, pero también transmite un gran desconocimiento, que
llevaría a algunas deducciones sorprendentes sobre la religión de los
judíos. Sin mala intención, se comparaba y confundía el pensamiento
judío con el de los filósofos orientales o hindúes. Algunas fuentes 
miraban a los judíos con simpatía y comprensión, respetando las
diferencias. Exceptuando el Libro de Ester y el apócrifo 3er. Libro de
los Macabeos, hasta el siglo IV no encontramos literatura alguna en
contra.



    El primer autor cuya obra nos llega y que menciona por primera vez la expulsión de Egipto, es Hecateio de Abdera.



    El historiador egipcio Maneton describió los acontecimientos de su
país con abundante uso de las fuentes jeroglíficas. Vivió en el siglo
III antes de la era común. Su obra sigue cronológicamente la lista de
los reyes y las dinastías egipcias, con el agregado de cuentos
populares de valor histórico discutible.  Atribuye a los judíos un
origen impuro, identificando además a Moisés con Osarsiph, y a los
judíos con los hicsos de Avaris.



    Las obras de Apolonio Molon (siglo II a.e.c.) no llegaron
directamente a nosotros. Sin embargo, Flavio Josefo, en su apología,
habla del gran antisemita, Apión, y  cita la diatriba contra los judíos
escrito por Apolonio Molon, donde  acusaba a los judíos de ser
arreligiosos, antihumanos, irrespetuosos de las leyes y normas reales e
incapaces de toda actividad útil.



    Poseidonio, estoico griego siríaco (135-50 a.e.c.) expresó en sus
obras desprecio contra los judíos. No conocemos los originales de los
libros por él escritos, pero parece que era el inspirador de Apión. Sin
embargo podemos afirmar, que Poseidonio encuentra algunos rasgos
valiosos en la religión hebrea tales como el monoteísmo, el reposo
sabático, la falta de imágenes, etc., y hace diferencias entre el
contenido ancestral de las enseñanzas judaicas  y las supersticiones y
ritos extraños, que fueron agregados más tarde.



    Diodoro de Sicilia, historiador griego (siglo I. a.e.c.) menciona
con gran énfasis la acusación de que los judíos siempre estaban
separados y que no querían convivir con los demás pueblos.



    Estrabón (66-24 a.e.c.) también escribe contra los judíos: "Este
pueblo ha abierto su camino en todas las ciudades y no es fácil
encontrar un lugar en el mundo habitado que no haya recibido a este
pueblo y donde el no haya hecho sentir su poderío"; o en otro lugar:
"... los judíos se gobiernan por un etnarca nombrado de sus propias
filas quien gobierna al pueblo, decide juicios, supervisa los
contratos, como si fuera jefe de un estado soberano".



    Lysimacho, egipcio de Alejandría (alrededor de 30 a. E. C.) repite y
magnífica las fábulas de Manetón, con todo su rencor antijudío.



    Apión (siglo I a.e.c.) fue tal vez el más peligroso de los
antisemitas de la época, puesto que no solamente escribió contra los
judíos, sino que divulgó propaganda antisemita, calumnias en Grecia y
en Asia Menor. Recogió todas las acusaciones inventadas por sus
antecesores, agregó otras nuevas. Presentó varias obras literarias
contra los judíos y se puede decir que fue el primer antisemita
práctico y tendencioso. Como ya hemos mencionado, difundió la leyenda
inventada por Manetón, contando que los judíos proceden de un grupo de
leprosos u hombres impuros, infectados por diversas enfermedades.  En
un principio, contaron con la protección y el apoyo de Amenofis y
llegaron a adueñarse de Egipto con la ayuda de gente que vino de
Jerusalén, para colaborar con ellos; siendo finalmente expulsados por su
antiguo protector Amenofis y por el rey Ramsés. El jefe de los
revoltosos, Osarsiph, sacerdote de Heliópolis, había cambiado su nombre
por el de Moisés. 



     Decía que los judíos llegaron a radicarse en Alejandría
clandestinamente, bajo los gobiernos de Filometer y Physeon mantuvieron
una conducta sediciosa, siendo hostiles para con los dioses
alejandrinos y rehusaron erigir estatuas al emperador romano. El autor
intentó destruir las raíces ancestrales del pueblo judío, y por eso no 
solamente reedita y amplía las acusaciones referentes al culto de una
cabeza de asno y al homicidio ritual, sino que agrega que el pueblo
judío, por naturaleza, es esclavo y servil, carece de  civismo, no ha
dado grandes personalidades al mundo  como los otros pueblos lo
hicieron, abusa de los sacrificios con animales, observa normas
alimentarías absurdas, practica la circuncisión y otras costumbres
extrañas que son pruebas evidentes del peligro que significarían para
las naciones que los toleraran.



    Chairemon (alrededor de 50 a.e.c.) contemporáneo de Apión, sacerdote
del antiguo culto egipcio, afecto al estoicismo, repite la narración
de Manetón  agregando otras  imputaciones por su propia cuenta. Este
hombre, erudito y prestigioso, aportó mucho a las persecuciones contra
los judíos.



    Hermaisco, jefe antisemita del siglo II dice así (a Trajano): “me
duele ver que vuestro concejo  privado esté lleno de judíos".



    Muchos de los escritores e historiadores romanos difundieron
noticias sobre los judíos. Algunos con indiferencia, otros con moderada
antipatía, y algunos con odio. Entre los últimos el más importante es
el gran historiador Tácito (55-120 e.c.). Al igual que todos los demás
nombrados, consideraba a los judíos como pertenecientes a un mundo
separado y encerrado en sí mismo. Afirmaba que no sólo sus costumbres y
tradiciones eran distintas, sino que su religión resultaba
inconcebible a ojos romanos.  Sugería, que hasta tanto no amenazaran la
seguridad del Imperio Romano podrían ser tolerados, pero que el punto
de vista nacional judío, y sobre todo su concepto mesiánico, eran
facetas que representaban un serio peligro para el Imperio, por lo que
merecían ser perseguidos y destruidos. Repite las acusaciones conocidas
y emite su propia opinión: los judíos carecen de cultura, desprecian a
los demás pueblos, son repugnantes y no valen nada.



    Cicerón (siglo I. a.e.c.), el más elocuente de los oradores
romanos, en su discurso de defensa en el caso de Valerio Flaco, ya en la
época en que Judea había sido puesta bajo la dominación romana, dijo:
"Aunque Jerusalén permaneciera y los judíos se comportaran
pacíficamente con nosotros, la simple práctica de sus ritos sagrados
estaría en oposición con la gloria del Imperio, con la dignidad de
nuestro nombre y con las costumbres de nuestros antepasados", y
continúa: "vosotros sabéis qué multitud numerosa forman, cómo son
solidarios entre sí, cuán grande es su influencia”. 



    Horacio (65-8 a.e.c.) y Juvenal (42-125 e.c.) ponen en ridículo en
sus sátiras a los neófitos judíos, Valerio Máximo (siglo I. e.c.) los
acusa de corromper las costumbres romanas mediante un culto nuevo.
Séneca (2-65 e.c.) afirma que las prácticas de los judíos - pueblo
perverso - han prevalecido en forma tal que son aceptadas  y los
vencidos han dictado sus leyes a sus vencedores.

V. CONCLUSIONES 

 ¿Por qué las cosas sucedieron de esta manera?


    Un midrash, antiguo relato de la tradición judía dice así: ”El
ángel defensor de Israel recrimina a Dios: Los hijos de Israel son
perseguidos no por idolatría, ni por impureza o por asesinos, sino sólo
porque ellos observan Tus mandamientos y viven según Tus preceptos."



    ¿Dónde y cuando empezó el antisemitismo? ¿Cuál fue la causa y
cuáles sus efectos? ¿Fue el odio lo determinante de la situación social
de los judíos, o bien al contrario, su posición social incitaba al
odio? ¿Cómo podemos descubrir el origen de este odio?



    El pueblo judío, exceptuando el pequeño grupo que vivió en Judea,
permaneció en constante dispersión y siempre constituyó una minoría en
el seno del pueblo huésped, diferenciándose de los demás por su
religión, su mentalidad y estilo de vida. Este judaísmo constituía una
unidad homogénea, garantizada por su religión. Por eso es evidente que
el blanco ideológico del antisemitismo de la Antigüedad era la
religión. Los ataques se dirigían contra los miembros de la comunidad
religiosa, y el individuo se consideró siempre distinto de los demás
por pertenecer a la comunidad, es decir, por ser judío.



    No se puede negar, por otra parte, que un aura de adversidad
rodeaba a los judíos en todo momento en que vivieron en la Diáspora.
Esta adversidad, muchas veces manifestada en odio, buscaba
constantemente justificarse, para creer y hacer creer a los demás que
los judíos merecerían plenamente este odio inacabable e inagotable que
les acompañaba por doquier.



    Ya desde su aparición en el escenario de la historia, diferentes
razones, tanto internas al judaísmo como circundantes, llevaron a
establecer una separación muy clara entre ellos y los demás pueblos, a
raíz, principalmente, de la religión. Según esta religión, Dios escogió
a Israel para ser su pueblo preferido, y esta convicción de ser el
pueblo electo del Señor, llevó a los judíos a separarse, a aislarse de
los demás y vivir en medio de los pueblos, cumplir con su destino de
divulgar la moral entre las naciones. Sin embargo, mientras los demás
pueblos contemporáneos del antiguo Israel perecieron, fundiéndose en
los otros y desapareciendo en el ingente flujo de la historia, los
judíos parecen haberse armado de la energía necesaria para defenderse
contra ese mismo destino, con el resultado de su conservación hasta el
día de hoy. El misterio de su supervivencia jamás pudo ser comprendido o
explicado.



    Por fin, tenemos que volver una vez más a aquel judaísmo
tradicional e histórico que se fundamentaba en la Alianza de una
comunidad confiada en el Dios protector y amparador. Se observa
palmariamente la diferencia fundamental que existe entre el espíritu
judío y aquel otro espíritu contemporáneo, semejante a la que separa
las concepciones del colectivismo y del individualismo, tan opuestas
que provocaron forzosamente el odio.



    En el judaísmo, la idea de la comunidad pesa en las almas y en los
hechos del individuo. La misión de todo el pueblo es demasiado grande y
sublime para que el individuo pueda encontrar en ella su pequeña
felicidad personal.  Por esta razón, el judaísmo bíblico y talmúdico
desconocía el placer que hace olvidar todo, tampoco reconocía el
éxtasis por la satisfacción de los instintos.  Sofoca los afectos e
impulsos sintiendo la íntima necesidad de supeditarse a una instancia
suprema, a Dios, a quien se ligó con leyes rígidas hasta en las más
mínimas manifestaciones emocionales.



    ¿Por qué comenzó el antisemitismo, y por qué perdura aún en
nuestros tiempos?  Quizás por que la humanidad jamás ha podido perdonar
al pueblo judío que hubiera sido él quien diera a todos los hombres la
creencia en un solo Dios, en lugar de los dioses paganos, mucho más
cómodos, y que sustituyera las religiones de mitos por la religión de
la Ley y de la Biblia, obligando a renunciar a tantos placeres y a
ligar sus instintos destructores con la cuerda de los Diez
Mandamientos.


[1] A.e.c.: antes de la era común; e.c.: era común, ya que se evita el término antes o después de Cristo.


[2]
 “El que rige define la religión del país” forma de dirimir la
cuestión religiosa entre catolicismo y protestantismo después de la
Guerra de los Treinta Años (1648)

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