jueves, 8 de diciembre de 2016

Carlos Jáuregui | Comunidad Homosexual Argentina

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Carlos Jáuregui - Primer Presidente de la CHA

“Tenía 16 años cuando me enamore de Matías. Al poco tiempo de conocerlo, lo que sentía por él se me hizo muy claro: lo deseaba sexualmente, lo quería en forma plena, lo quería todo; me encantaba. Me gustaba su forma de ser, de actuar, de hablar; lo admiraba. Ese mismo día empezó para mí un gran conflicto.

Mi vida amorosa, hasta entonces, se había limitado a ciertas fantasías eróticas y a salir alguna que otra vez con chicas… todo eso muy mezclado, nada claro. Sin embargo, lo vivía con la más absoluta normalidad. Para mí,1a crisis realmente comenzó cuando me di cuenta de que me había enamorado de un varón. Ese espíritu racional que siempre me caracterizó hizo que, inmediatamente, buscara la solución a mi problema en los libros: leía todo cuanto encontraba sobre el tema. ¡Qué locura la de ir a un libro en lugar de profundizar en mis propios sentimientos! Sin embargo, cuando habían pasado tres o cuatro meses, todo ganaba claridad: mi relación con Matías avanzaba y, con ella, la felicidad. Estaba en pareja, estaba enamorado. la crisis había sido intensa pero breve. Entonces, sólo lo comenté con un par de amigos, los más cercanos; no lo hablé ni con mis padres ni con mi hermano Roberto.

Cuando inicié mi relación de pareja, ya empezaba a escucharse en la sociedad un discurso que hablaba de la homosexualidad desde otro lugar, distinto de la enfermedad o del pecado.

En el caso de la Argentina fue muy diferente la experiencia de un gay o una lesbiana en los años 60 que en 1970. En los ’70, por ejemplo, fueron fundamentales las primeras apariciones de la palabra “homosexual” en los diarios, ya que, hasta entonces, el espacio de la homosexualidad era casi absolutamente marginal y uno tenía que descubrirlo por iniciativa individual. Muy probablemente, si en el momento en que yo me enamoré no se hubiera dado este gran paso, mi reacción hubiera sido completamente distinta. Reconocía a quienes me condenaban, a quienes me consideraban un enfermo o un pecador, un inmoral. Pero, por otro lado, sabía que había gente que decía que la mía era una variante sexual más, una opción como cualquiera. Aunque, en un primer momento esto me alivió, tiempo más tarde pensé: “Estos que me cuestionan y que me critican, indudablemente, son una basura, ¿pero acaso necesito del permiso de los otros? Si este es mi deseo, es mi vida… ¿a quién voy a pedir autorización para vivirla como quiero? ¿que voy a hacer? ¿Ocultarme, esconderme? “.

Después, con el tiempo, descubrí a mucha gente que, desgraciadamente, no puede enfrentar la idea de su propia homosexualidad: Se esconde, se casa y cuida las apariencias; sin embargo, yo sabía que no quería eso para mí. Después de todo, sentía que estaba enamorado y que eso era lo mejor que podía pasarme en la vida, así que fui y hablé directamente con Matías. A partir de entonces, comenzamos una relación que duró cuatro años. Lo que yo no sabía es que esa era la primera dificultad que me había tocado enfrentar por ser homosexual; con el tiempo vendrían otras tantas que yo ni me imaginaba.

Si bien tuve la suerte de no padecer represión policial, es verdad que los homosexuales fueron, son y serán reprimidos; y esa era una realidad que les tocaba vivir, entre otros, a mis mejores amigos.

Existe cierta legislación que maneja la Policía Federal por la cual una persona gay puede ser arbitrariamente detenida en cualquier sitio, y esto, indudablemente, facilita el camino a los excesos. Es más, efectivamente, en los últimos meses ha habido un rebrote de la represión como no había sucedido en muchos años, tanto en la Capital como en el interior: detenciones en la vía pública, allanamientos de bares y disco.

En “Gays por los Derechos Civiles” nunca dejamos de recibir denuncias por discriminación laboral, por Sida; sin embargo, en los últimos tres meses, el tema policial ha pasado a ocupar un primer plano.

Cuando comencé a salir con Matías, yo estaba cursando mis estudios en el Colegio Arzobispal de la Plata, el mismo en el que había estudiado también toda la primaria. Mi experiencia en ese colegio fue muy extraña; muy diferente según las épocas. Cuando hice la escuela primaria, por ejemplo, a pesar de pertenecer al arzobispado de La Plata, todo el plantel y el personal docente era laico, con la cual mi colegio tenía fama de ser muy progresista, era el colegio modelo donde los intelectuales mandaban a sus hijos. Para nada tenía las características típicas de un colegio religioso.

Pero, con el tiempo, lamentablemente, se fue transformando y el secundario fue, verdaderamente, siniestro. No particularmente para mi que era gay, sino para cualquiera. Entonces, empezó a haber una participación más directa del arzobispado y todo desmejoró. Concretamente, respecto de mi sexualidad comencé a sentir una disociación muy grande entre lo que escuchaba en el colegio y lo que yo realmente pensaba y sentía. En realidad, creo que eso mismo le debió pasar a cualquier adolescente gay que haya vivido con la mayor naturalidad aquello que todos señalaban como distinto, que mostraban como anormal.

De todas maneras, yo tenía la suerte de estar acompañado de un contexto social donde empezaban a escucharse diferentes opiniones acerca de la homosexualidad Corría el año ’73 y ya circulaba en la sociedad un discurso opositor a las teorías mayoritarias; existía un Frente de Liberación Homosexual (FLH), por ejemplo.

Me acuerdo de que ya a los 16 0 17 años había leído algunas notas periodísticas donde psicólogos y médicos daban una visión distinta de la homosexualidad. Sin embargo, las nuevas corrientes no eran las dominantes y yo conservaba esa sensación de esquizofrenia que vive cualquier adolescente gay o lesbiana, aquí o en cualquier país del mundo. Hasta poder acceder a escuchar ese discurso que lo identifica, uno se siente el único caso. Hoy, seguramente, debe ser muy distinto porque el tema de la homosexualidad tiene otro espacio en los medios y en la sociedad, lo cual favorece un sinceramiento desde los primeros momentos que no siempre se produce.

En mi caso, no tuve problema en compartir mi intimidad con los amigos más cercanos. Lo que sucede es que la adolescencia suele ser el momento de crisis para cualquiera que posea una sexualidad diferente. El momento más difícil, el de mayor soledad, en el que la pregunta es: “¿Tengo o no que decirlo.?”. Y, finalmente, uno descubre que no hay obligación de hacerlo, que si uno lo dice es por una cuestión de comodidad para compartir algo más con la gente que uno quiere.

Así fue como yo no sentí necesidad de conversar con mi padre sino Hasta que cumplí 23 años. El era un perfecto liberal, a punto tal de haberme acunado con la Marsellesa cuando todavía era un bebé; sin embargo, a pesar de su liberalismo, tenia sus prejuicios, recuerdo haberlo escuchado más de una vez con la palabra maricón en la boca… Aun así, un buen día decidí hablar con él.

Papá tenía un estudio jurídico en Buenos Aires, ciudad donde yo me había instalado hacía ya un tiempo. Mamá había fallecido y, para que no se quedara solo en La Plata y pudiera trabajar más tiempo aquí, le ofrecí vivir unos días a la semana conmigo. Entonces me pareció que es casi una cuestión de derecho decirle que, teniendo en cuenta que yo era bastante grandecito, si íbamos a vivir juntos era necesario que, conociera mi vida en todos sus aspectos. Yo no pensaba ceder, ni mentir, ni engañar, ni pasar por la situación incómoda de no poder dormir en mi casa con quien yo quisiera. No me parecía justo. ¿Cuál fue su reacción en ese momento? No fue la mejor noticia que pude darle, claro; pero tampoco fue la peor. Aceptó la idea todo lo que puede hacerlo cualquier persona de su edad, de su formación, de su nivel cultural. Con papá siempre habíamos mantenido una relación muy estrecha, mucho más que con mi madre.

Hoy mismo descubrí, en mis gustos, sus lecturas… Mi viejo tenía una biblioteca inmensa y cuando era chico me hizo leer muchísimo. Leer fue la primera pasión que descubrí en mi vida. Durante los primeros años leí cosas como Lo Ilíada, La Odisea, Ivanhoe. Mamá era una mujer muy bella y guardaba cierta distancia conmigo, no así con mi hermano Roberto. Este juego de mayores y menores proximidades tenía que ver, exclusivamente, con una cuestión de personalidades afines. Yo, por ejemplo, desde la adolescencia fui mucho más rebelde que Roberto. A los 14 años, con la intención de acostumbrar a mis padres cuando salía, les decía que volvía más o menos tarde y me iba a dormir a la casa de un compañero sin avisar. La primera vez la consecuencia fue una pateadura; la segunda, un grito y la tercera… ya se habían acostumbrado. La inmensa mayoría de las cosas que he hecho en mi vida tienen que ver con la educación que recibí de mi padre. El me enseño que el valor mas importante de la vida es la libertad. La nuestra fue una relación con mucho diálogo hasta el día de su muerte.

El tiempo que sucedía al fallecimiento de mi madre fue un período de grandes conversaciones. Entonces, volvía la democracia y mi padre y yo teníamos tema permanente. En aquella época él odiaba a los radicales mientras yo tenía una pequeña simpatía por el alfonsinismo, lo cual convertía nuestras conversaciones en pelas mortales.

A mama nunca le llegue a hablar de mi homosexualidad. Quedó como un aspecto de su hijo que ella no conoció, igual que lo que le puede pasar a tantos otros chicos. Pude habérselo dicho, claro; pero no se dio. Frente a la muerte de sus propios padres, uno suele pensar en las cosas que nunca llegó a decirles. A mi padre me hubiera gustado decirle, por ejemplo, que hoy me arrepiento de muchas de las elecciones que hice por rebeldía: Entre otras, no seguir la carrera de abogado. Por puro instinto de rebeldía preferí estudiar Historia. Sin embargo, a lo largo de mi vida, la mayor parte de las cosas que hice tuvieron que ver más con el Derecho que con la historia con lo cual pude descubrir cuánto me gustaba el Derecho.

Terminé la escuela en el ’75 e inmediatamente me puse a estudiar la carrera de Historia en la Universidad de La Plata. Me recibí en el año ’78, decidido a especializarme en Historia Medieval. Para seguir mis estudios conseguí una beca y me fui a estudiar a Francia. Ese fue un momento muy importante en mi vida porque en ese país pude ver, por primera vez, el movimiento gay en pleno funcionamiento. En el ’81, fui a mi primera marcha gay. Había sido organizada por el movimiento para cerrar una campaña que proponía no votar a los candidatos que acostumbraban a discriminar. A esa marcha asistieron unas diez mil personas y yo presencié todo eso absolutamente maravillado: Especialmente por ese contraste con lo que yo estaba acostumbrado a vivir en plena dictadura argentina. El recuerdo de esos días resulta imborrable para mí; ese fue el motor que decidió mi posterior militancia en el movimiento gay porque, a partir de ese momento, yo empecé a pensar que en la Argentina había que hacer algo.

Ahí, en Francia, yo era testigo de como era posible vivir en una sociedad libre. La vida cotidiana de un gay, en Francia, era muy distinta de la de Buenos Aires. Aun antes del Proceso, el hecho de ser homosexuales nos conducía casi inevitablemente a una vida mucho más cerrada. Habían empezado a aparecer sobre todo en el Norte y Oeste de la ciudad- bares o discotecas especiales para homosexuales pero, con la dictadura, el crecimiento de la comunidad se vio interrumpida En Francia la sensación era tan diferente… se vivía con la impresión de poder respirar.

Aquí, uno salía a dar una vuelta y, de repente, miraba a alguien y enseguida empezaba a sentir miedo, miedo de que aquel fuera policía, de que alguien estuviera mirando… Eso no pasaba en Europa. Recuerdo que, en aquellos años ’80, un día yo entré en el bar gay de moda. Estaba con un profesor, también homosexual con el cual había ido a tomar una cerveza a la salida del curso. En ese momento, se abrió la puerta y entraron dos uniformados. Yo, que no conocía los uniformes franceses, dije: “¡ Uy, no… Esto es una razzia! “. Entonces mi acompañante me explicó: “No te confundas; no estas en tu país, estos son bomberos y vienen acá porque ellos también son gays “. Fue increíble para mí empezar a descubrir cómo era posible organizarse como comunidad, ver esa marcha y ver que, detrás del movimiento, existía todo un movimiento político claro, concreto, que luchaba por reivindicaciones muy precisas, fue realmente un deslumbramiento.

Terminé mis estudios y viajé por Europa durante casi un año hasta que llegué a Nueva York. Allí oí, por primera vez, comentarios acerca de una nueva enfermedad que atacaba a homosexuales -lo que más tarde sería el Sida-. Entonces se denominaba el cáncer gay o la peste rosa. Volví a la Argentina en el ’82. Rápidamente me inserté en el mercado laboral empleándome como profesor en el profesorado de La Plata y en la Universidad del Salvador, en Buenos Aires.

Por esos años. mi hermano ya estaba viviendo en la Capital y yo me fui a vivir a un departamento contiguo al suyo. Durante un largo tiempo, los tres años que nos separaban se habían transformado en un abismo pero, ahora, de repente la diferencia volvía a achicarse hasta desaparecer y nuestras relaciones volvían a estrecharse. Mientras estuve afuera, Roberto y yo habíamos intercambiado correspondencia en la cual nos insinuábamos algunas cosas acerca de nuestra sexualidad, pero nunca nos habíamos confesado nada abiertamente. De regreso a mi país, un día Llegó a mi casa una tarjeta postal. Al levantarla comprobé que el remitente era uno de mis amigos. Empecé a leer y vi. que, en vez de decir “Querido Carlos” la tarjeta decía “Querido Roberto”. Yo hacía mucho que no veía a esta persona quien, evidentemente, se había hecho amigo de mi hermano mientras yo había estado afuera. Me pareció tan gracioso que, ese mismo día, me reuní con Roberto para hablar del tema. En una conversación interminable nos contamos amoríos y aventuras y, de ahí en más, empezamos una relación de gran intensidad.

El ’83 fue el año del regreso a la democracia. Nuevamente comenzó a formarse lo que había sido el FLH, que esta vez se llamó Coordinadora de Grupos Gays. Yo no participé de este movimiento, pero estaba al tanto de todo lo que pasaba. Cuando asumió Alfonsín, se generó la idea de la democracia como panacea, la democracia que iba a curar todos los males. Entonces fue mucha la gente que dejo de militar durante esos meses de verano democrático del ’83 al ’84.

Pero en marzo del ’84 hubo un baldazo de agua fría para la comunidad gay. En esa época se habían reabierto muchos bares y discos “diferentes” en la Capital. En uno de esos lugares masivos, cayo la policía: se llevaron detenidos a los dueños, clausuraron el local y éstos fueron amenazados hasta que tuvieron que dejar el país. Esto provocó una reacción entre toda la gente que ya había abandonado la militancia. Se Clamó a una asamblea abierta, en Contramano la disco pionera-. Esa fue la asamblea fundacional de la CHA, Comunidad Homosexual Argentina, la primera organización homosexual que se creó en el país.

En esa primera asamblea poco se decidió: todo fue un caos. Se redactó un texto de presentación de la organización y se abrió un listado personas que podían actuar públicamente para la entidad. Nos anotamos 14 personas que constituimos el alma de la CHA. Empezamos a trabajar; redactamos estatutos y designamos una comisión directiva para la cual me propusieron como presidente. Entonces comienzo la etapa más institucional de la CHA. Tuvimos que aprenderlo todo, como si fuéramos chicos del jardín de infantes; yo no sabía ni como se pedía una entrevista en la Cámara de Diputados, no sabía cómo se redactaba un texto para una solicitada. No teníamos experiencia, producto de la ruptura que se había gestado con el gobierno militar.

Ya tenía 25 años cuando apareció la epidemia de Sida. A principios del ’85, con la muerte de Rock Hudson, estalló el tema en la prensa y, como la información hablaba de una enfermedad que atacaba a homosexuales, todos vinieron a consultamos a nosotros. Como movimiento, esto nos dio una visibilidad muy grande. Lo que no sé es si eso fue o no productivo, ya que el mensaje que transmitieron los médicos en esa época estuvo terriblemente distorsionado. Al principio creímos la teoría que el Sida sólo afectaba a los homosexuales, pero en el fondo siempre estaba la duda… ¿Qué tenemos nosotros para que nos pase esto? Había algo raro en todas esas teorías y, por supuesto, había mucho miedo. Estábamos realmente preocupados ante el avance de la epidemia. En aquella época no teníamos una respuesta política para dar: Si nos preguntaban, decíamos que no teníamos miedo, pero eso no era verdad, el miedo estaba generalizado. Por suerte, hoy ya no es así.

En el año ’88 empecé a vivir en pareja con una persona que, al poco tiempo de estar conmigo, se entera de que está infectada. Murió ese mismo año y, poco tiempo después, tuve que ser testigo de la muerte de mi hermano Roberto. Demasiada muerte a mi alrededor, es verdad. Hubo toda una generación de militantes que desapareció. Sin embargo, creo que toda esa experiencia me ha enseñado mucho: me volvió más solidario, más afectivo.

En el programa de Mariano Grondona, una vez le preguntaron a mi hermano si no le tenía miedo a la muerte el contestó: “¿Y usted, doctor, no le tiene miedo a la muerte?”. Tenía razón… Nadie nos ha vendido la vida y la salud. Expuestos a la muerte estamos todos.

Por eso yo no tuve ningún problema en convivir con una persona infectada. Podía estar con él normalmente y hacer el amor sin que eso me obligara a vivir con el fantasma de la muerte delante de mí. Yo amaba a Pablo y valía la pena estar con él. Después de todo, con cuidarme como yo sabía que tenía que hacerlo, era suficiente. Hoy no le tengo miedo al Sida. Hay muchas otras enfermedades que me atemorizan mas porque sé que tengo un arma para enfrentar al Sida, que es la prevención. En cambio, no se cómo luchar contra otras enfermedades que son las que me preocupan más. Además, creo que el Sida es un arma política estratégicamente utilizada por quienes buscan discriminar por sus propios objetivos. Por suerte, en la comunidad homosexual está generalizada la idea de la prevención; no sólo se sabe qué hacer sino que también se hace, cosa que no sucede entre los heterosexuales.

A medida que fue pasando el tiempo, al ir observando mi vida y la de mis amigos, me fui dando cuenta de un hecho: que una persona, sea o no gay, debería ser un dato sin importancia. ¿Qué heterosexual va por la vida contando sus intimidades sexuales? ¿A quién le importan?
Si el hecho de ser homosexual afecta a quienes lo son es a causa de la falta de derechos, de la discriminación y la marginación a la que somos expuestos injustamente.
De todas las discriminaciones, la que a mí me ha tocado padecer en forma particular es el desamparo legal.

Cuando Pablo y yo decidimos ir a vivir juntos, nos instalamos en el departamento que él tenía desde antes de conocerme. Después de un largo tiempo de una convivencia que nos hizo muy felices a los dos, como dije, mi pareja murió. ¿Qué pasó conmigo entonces? Tuve que dejar ese departamento ante el reclamo de los padres de Pablo con los cuales -valga la aclaración- yo me llevaba muy, pero muy bien. Yo sentía que ese lugar me correspondía y, de hecho, si hubiésemos estado casados legalmente me hubiera correspondido. Pero en esa situación, yo me encontraba en la más absoluta desprotección legal. No tenía casa donde vivir y tampoco tenía una legislación que me protegiera. Esto, que a uno le parecen detalles (miserables o sórdidos) y en los que ni se le ocurre pensar cuando está feliz, enamorado, viviendo con su pareja, suele convertirse en un problema muy serio más adelante. Yo había amado a Pablo y sentí que ese departamento era de la pareja, era nuestro. Por eso ahora pongo todas mis energías en trabajar en “Gays por los Derechos Civiles” con un grupo de personas que están dispuestas a dedicar parte de su tiempo a defender los derechos de una minoría. Ellos y yo creemos que la causa vale la pena: todavía hay mucho por hacer.
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